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Y otra vez el verano…

Cada nuevo verano es igual: me encuentro con gente con la que tengo muy poco contacto. Algunos todavía «no se han acostumbrado» a verme como hombre. Otros, ni siquiera lo sabían.

Me digo que hay que tener paciencia. Que no lo hacen con mala intención. Que es normal que se sorprendan, porque seguramente creen que soy la única persona transexual que conocen (muy probablemente conocen más, sólo que no lo saben).

Nunca, o muy rara vez, me encuentro con un mal trato. Al contrario, lo que encuentro es mucho cariño, y también esfuerzo por comprender. Nadie me hace preguntas ofensivas, o comentarios inoportunos (al menos no me los hacen en la mayoría de los casos). Es, simplemente, que me siento retroceder, una vez más, de vuelta a la casilla de salida.

1º) Tener que explicar que soy trans. O, peor, tener que explicar quien soy, en el caso de los amigos virtuales. «Sí, nosotros ya nos conocíamos, sólo que entonces yo usaba otro nick…». La explicación me parece inevitable, incluso necesaria. No se me ocurre forma de evitarla, si es que quiero relacionarme con esas personas de manera «normal», aunque sólo sea durante los 15 minutos que puede durar un intercambio de impresiones en unas jornadas de rol. No es culpa de nadie, no se me ocurre una forma mejor de hacerlo. Pero explicar que soy trans nunca me ha resultado agradable, en parte porque todavía no existen en Español palabras para hacerlo y mantener mi dignidad intacta. Además, llevo tres años haciéndolo, y, la verdad, cansa. Una cosa es que, si sale a cuento por algún motivo (que sale a cuento con gran frecuencia, puesto que la transexualidad es un factor relevante en mi experiencia) lo comente, y otra muy distinta es «hola, soy transexual. ¿Que te parece el nuevo manual de Aquelarre?». Y mientras todo el mundo habla del nuevo manual de Aquelarre, me doy cuenta de que muchas miradas, y muchos pensamientos, están centrados en mi «cambio de sexo».

2º) Dejar a la gente con la impresión de que he cambiado de sexo. No he cambiado de sexo. Ni de género, por si alguien está pensando que existe alguna diferencia entre una cosa y la otra. Si en algún momento viví como mujer, no fue por deseo propio, sino porque fuí obligado a ello. En la actualidad todavía hay quien pretende obligarme a ello, como mis padres, algunos parientes, ciertos trabajadores de instituciones públicas, o el propio Estado español, por absurdo que parezca a estas alturas de la película. Sin embargo, en nuestra sociedad la visión predominante sobre la transexualidad es esa: gente que se cambia de sexo. De hecho, la palabra transexual viene a decir eso: que va de un sexo a otro. Desarmar ese pensamiento lleva muchas horas, mucho tiempo de conversación. Ser blanco de ese pensamiento es muy molesto para mí, pues significa obligarme a ser mujer de manera retroactiva. Es decir: «vale, te acepto como hombre, pero antes no lo eras». De alguna manera mi yo presente siente que se violenta o se agrede a mi yo pasado. Pero si me encuentro con alguien a quien hacía mucho que no veía, lo cierto es que no tengo ganas de contarle mis intimidades, o mis reflexiones profundas, sobretodo porque no sé si van a ser bienvenidas o no, y generalmente, la ocasión tampoco suele ser propicia. No veo como mejorar esto.

3º) El efecto de reto a la heterosexualidad. El reto a la heterosexualidad es una entrada que llevo tiempo postponiendo. Será la próxima que escriba. En resumen, mi identidad hace que algunos hombres se sientan menos heterosexuales. Eso me toca mucho las narices, especialmente cuando me miran directamente a las tetas con cara de: «¿Donde están? ¡No están! ¡Pero si antes estaban! ¡Con lo grandes que eran! No puede ser, voy a mirar otra vez. ¿Donde están? ¡No están! ¡Pero si antes estaban! ¡Con lo grandes que eran! No puede ser, voy a mirar otra vez.» A diferencia de todo lo escrito anteriormente, esto sí que se merece ser tenido en cuenta, y creo que está justificado que me moleste. Si necesitas que yo sea una mujer con las tetas gordas para sentirte un hombre, es tu problema, no mío. Págate un psicoanalista, o los servicios de un trabajador sexual. De hecho tal vez lo segundo te resulte más útil y placentero que lo primero.

En fin, que entiendo que la gente se sorprenda, pero yo estoy hasta las narices. Entiendo que debo ser paciente y tolerante, e incluso didáctico (aunque poner a las personas trans en el brete de tener que dar explicaciones, me parece injusto. Como si todos nosotros tuviesemos la obligación de ser expertos en psicología, psiquiatría, socilogía y sexología. ¿Puede algún heterosexual explicar la heterosexualidad? Porque yo hasta ahora no he encontrado a ninguno que me haya dado respuestas satisfactorias sobre si mismo…). Pero creo que también tengo que decir que para ellos son 5, 10 o 15 minutos, incluso tal vez un par de horas, en que deben convivir con la extraordinaria y desestabilizante situación de compartir espacio con una persona transexual, mientras que yo ya llevo 3 años teniendo que vivir de manera más o menos habitual la experiencia de compartir espacio con personas sorprendidas y desestabilizadas.

Y cansa. Cansa pensar que como soy un bicho raro, debo tolerar que la gente se sorprenda. Cansa soportar la sorpresa, cuando esta ocurre… una vez, y otra vez, y otra vez… y no sabes hasta cuando seguirá ocurriendo.

La única solución que veo es dar más información, y más educación. La visibilidad es, al mismo tiempo, problema y solución. Si yo hubiese cambiado por completo de ambiente, no sería visible, y no provocaría sorpresa en nadie. Si todas las personas trans se hiciesen visibles, sería algo tan normal que ya no le sorprendería a nadie. ¡¡¡Al menos no sería tan anormal!!!

En fin, queda el consuelo de que la sociedad de verdad está cambiando, y para mejor. Hay que continuar teniendo paciencia, e intentado que la sensación casi constante de ser un insecto bajo una lupa no me afecte demasiado.

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¡¡¡Ay!!! ¡¡¡Ouch!!!

Antes de nada, aviso: Arguez, Encarni, y la señorita que vive en el poblado, no leáis esta entrada, que no va por vosotros.

El día 31, cuando iba a coger el autobús, llovía a cántaros. Llevaba la maleta en una mano, la mochila a la espalda, y un paraguas en la otra, y atravesaba un parque, caminando cuesta abajo. Entonces pisé la tapa de una alcantarilla, de metal sin estrías, y me resbalé. En el momento en que noté que mi pie se deslizaba, exclamé algo así como «¡cooooooño!», solté el paraguas y la maleta para ayudarme con los brazos para mantener el equilibrio, e, instintivamente busqué la manera de no acabar por los suelos, aunque sólo lo conseguí parcialmente. Hinqué la rodilla en la tapa de la alcantarilla, pero no llegué a tocar el suelo con las manos. Una caida no muy grave.

En seguida, un señor que estaba por allí esperando el autobús, se acercó corriendo, me recogió el paraguas y me preguntó si me había hecho daño. Un poco de daño sí me había hecho, pero en realidad tan solo me pelé un poco la rodilla y se me tensaron un poco más de la cuenta los músculos del tobillo y el muslo.

A mí me gusta escribir y explicar las cosas con detalle, por eso me he extendido tanto. Pero si simplemente hubiese dicho: «resbalé por la lluvia y me caí, pero no me hice daño, solo me pelé un poco la rodilla», seguro que todo el mundo lo habría entendido igual de bien. Caerse duele. Podía haberme esquinzado el tobillo, pero tuve suerte y sólo tengo una pequeña molestia. Nos ha pasado a todos.

Esta mañana me ha despertado el teléfono. Era mi tía abuela, que anda ya rondando los 90 años de edad. Cuando he descolgado el teléfono, lo primero que ha dicho ha sido: «¿eres Elena?». Me han dado ganas de decirle que no, porque no lo soy, pero en ese caso, ella ni se habría planteado que ha llamado al número correcto y ha preguntado por el nombre equivocado, sino que ha llamado al número equivocado y ha preguntado por el nombre correcto. Se habría disculpado por el error, habría colgado, y habría vuelto a marcar el mismo número. Así que he dicho que sí, con gran esfuerzo.

Decir que sí soy Elena me ha dolido más que el resbalón del otro día. Cuando alguien me llama por ese nombre, o usa el género femenino para dirigirse a mí, me hace daño. Igual podrían golpearme físicamente, que no me iba a resultar menos doloroso.

Pues llevo así desde el día 22. Yo, que ya me había acostumbrado a ser Pablo las 24 horas del día, para todo el mundo, y estaba tan tranquilo pensando que ya lo tenía casi todo hecho… Ha sido como verme transportado un año hacia atrás. Porque no ha sido sólo que mis padres, mi abuela y mi tía abuela estén tratándome como si fuera una mujer, sino que algunos de mis amigos lejanos, a los que he ido a visitar, también lo hacían.

Es comprensible, lo sé. A mis padres debe dolerles exactamente lo mismo que a mí, y quizá también a mi abuela y tía abuela, que tienen el añadido de rondar los 90 años, por lo que les cuesta más trabajo adaptarse a las cosas y modificar comportamientos. Para mis amigos «lejanos» también es comprensible, puesto que no han tenido trato prolongado conmigo. «Es por la voz», me han dicho. Me ven como siempre, con la voz de siempre, y un aspecto físico similar al de siempre, y claro, se lían. Me han dicho que cuando tenga voz y apariencia masculina, entonces no tendrán ningún problema.

¿Pues sabéis qué? Que no es excusa. Dadme el cartel de intolerante, poco empático, agresivo, o lo que sea, que me lo cuelgo ahora mismo.

En ocasiones he conocido a personas que no controlaban su fuerza. Si me tocaban para que me apartase un poco, en realidad me daban un empujón, o si me daban un golpecito jugando, acababan haciéndome daño. O personas muy patosas que te pisan sin parar, o te dejan las espinillas hechas polvo a base de darte pataditas por debajo de la mesa. La primera vez te dicen «disculpa» y tú respondes «da igual», porque un descuido lo tiene cualquiera. Cuando ya empiezan a pasarse, entonces, algo molesto, ya les respondes: «joder tío, contrólate».

La comprensión, la tolerancia, el ponerse en lugar de otros… todo eso está muy bien. Pero si alguien te está haciendo daño, creo que a nadie se le ocurriría decirte que lo mejor es quedarte ahí parado, aguantando con estoicismo los palos, pensando «pobrecitos, es que no controlan su fuerza».

Las personas trans tenemos una preocupante tendencia a suicidarnos, pero… ¿No será que esos que se suicidaron ya se habían desangrado antes de morir? Las heridas del alma no sangran, no se ven, pero son igual de graves que las otras, y también pueden conducir a la muerte. Hay quien muere de desamor, quien muere tras la pérdida de un ser querido, quien muere si le obligan a dejar su hogar… no es de extrañar que haya quien muera a causa de que se le niegue lo más básico: su propio yo, el ser uno mismo. Quizá esas personas trans que se suicidan ya estaban muertas por dentro, y simplemente pusieron concordancia entre su cuerpo y su espíritu. Tal vez fueron lapidados por quienes estaban a su alrededor. Es posible que tolerasen lo intolerable, que justificasen lo injustificable, que se quedasen viéndolas venir sin atreverse a quitarse de enmedio por una comprensión mal entendida de los motivos de los otros.

¡Joder, controlaros! Todo eso de la voz, el aspecto, la costumbre, el «me duele» son excusas baratas. Cuando me presentan a alguien, con la voz y la cara que tengo, enseguida me empiezan a llamar por mi nombre y a tratarme como a un hombre. No ya a hablarme en masculino, sino a tratarme como a cualquier otro tío, con toda naturalidad. Viejos amigos hacen el esfuerzo ¡Y lo consiguen! Sí, les cuesta un poco de trabajo, y a veces se equivocan, pero eso ocurre las menos de las veces. En este punto, si Encarni, Arguez, la del poblado, y otros que seguro que he olvidado nombrar, están leyendo, tengo que decir que un «error» puntual no solo no me molesta, sino que me produce ternura, porque me recuerda que se están esforzando por hacer que me sienta bien, lo cual solo sirve para que les aprecie más.

¿A que cuando es necesario tratar a una persona de usted, por ejemplo por motivos de trabajo, se da por sentado que se va a hacer, y no cuesta tanto esfuerzo? ¿A que no se habla igual a todo el mundo ni en todas las circunstancias? Entonces ¿por qué con las personas trans es diferente? Desconozco si hay alguna otra persona trans que está teniendo el mismo problema que yo y está leyendo esto, pero si la hay ¡Deja de aceptar esas tristes excusas de «no estoy acostumbrado», «no tienes pinta de tí*», «lo intento», o «es que se me hace raro»!  Lo están intentando, pero con poco entusiasmo.

Llevo un año viviendo como hombre, sin tomar hormonas, y he conseguido que se me respete y se me trate como a tal en todos los ámbitos, por todas las personas, de todas las edades, más o menos conocidos, conocidos de antes, y conocidos de después, que me ven habitualmente o con quienes sólo hablo por internet. No hay un motivo, excepto la convicción de que uno nace hombre o mujer y no puede cambiar o escaparse de ese sistema, para hacer las cosas de otra forma.

Finalmente, quiero hablar de otra cosa. He contado la conversación que he tenido hoy con mi tía abuela, pero no he dicho que su marido, que es todavía más mayor, y no ronda los 90, sino que ya los tiene cumplidos… Mi tío abuelo, que pierde la memoria, y que creemos de puede tener un principio de alzehimer o demencia senil, que ahora está casi siempre callado, cuando antes hablaba sin parar, de manera radical y enérgica… Ese tío abuelo, en todo momento me habló en masculino. Sí, y no le pasó nada. No hubo ningún terremoto ni señal divina de que el mundo se acababa. Lo hizo con total naturalidad, aparentemente sin esfuerzo, y me hizo sentir muy bien.  Ha colocado el listón tan bajo que quienes no son capaces de pasarlo me parecen ridículos, sus explicaciones, estúpidas. Cambiar una «a» por una «o» requiere tan poco esfuerzo que una persona en las más difíciles circunstancias de edad, costumbre y salud mental, lo puede hacer.

Y otro recuerdo para mis tíos y primas, Bernard (no estoy seguro de que se escriba así, al ser un nombre mallorquín, que es un idioma que desconozco) y mi hermana, que se atrevieron a tratarme en masculino delante de mis padres, aun sin saber si se iban a enfadar e iban a montar un pollo. Especialmente, mi tía, que ha sido la primera que me ha llamado por mi nombre delante de toda la familia. ¡Con dos ovarios, si señora!

Mis padres no se enfadaron, ni siquiera comentaron nada. No es la situación ideal, pero es mucho más de lo que hace dos años habría imaginado. Siempre es mejor que te vayan tirando pequeños guijarros y no te lancen puñales envenenados. Todavía puedo estar contento, aunque me temo que cada vez soy menos comprensivo.

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Desencuentro.

En ocasiones, personas que son perfectamente razonables, que convergen en puntos de vista fundamentales, que podrían llegar a ser muy amigas, se llevan mal por… por… un algo indefinible. Es un desencuentro.

Cuando se produce el desencuentro es como si esas personas, de golpe, empezasen a hablar en idiomas diferentes. Cuando se produce entre dos personas a las que considero mis amigos, no puedo evitar angustiarme. La experiencia me ha enseñado que cuando el desencuentro se produce, al final tendré que escoger entre uno u otro de los «desencontrados».

Empiezo a darme cuenta de que tomo aprecio a la gente con mucha velocidad. Mis criterios para ello son sencillos, porque yo soy simple. A penas tengo reglas para excluir, y admito las divergencias de opinión como lugares interesantes donde poder enriquecer mis propios puntos de vista. Los defectos son algo inevitable, que todos tenemos, así que no me interesan. Prácticamente lo único que me interesa es que los demás sean inteligentes, de mente abierta, generosos, y buenas personas en general.

Sí que tengo claro que uno de mis criterios de exclusión es que me exijan elegir. Cuando dos amigos se pelean, si uno de ellos me pide que escoga entre él o el otro, siempre sé que debo alejarme del que me lo pidió. Pero cuando llega ese momento, me duele. Lo peor es que normalmente puedo hasta prever quienes serán los que me planteen la elección. Entonces ¿por qué no me alejo antes de tener que llegar a llevarme un disgusto?

Creo que dentro de un tiempo, quizá un tiempo muy breve, alguien va a pedirme que salga de su vida, y eso me entristece, porque le aprecio. Sé que si me pide que haga eso, comprenderé que esa persona no merece el aprecio que le tenía. Sé que estar esperando a que eso ocurra no es bueno para mí.

Entonces ¿por qué me no me alejo yo desde ya, antes de que me pidan que me marche?

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Conmovido, sorprendido, preocupado y entusiasmado.

El lunes pasado tuve noticias de algunos amigos de los que hacía tiempo que no sabía nada.

Estuve hablando con Erika (una chica de 18 años recién cumplidos, sobre la que ya escribí una entrada hace algún tiempo). Erika siempre me provoca una cierta ternura. Me da la sensación de que es una princesa de cuento a la que una bruja malvada ha atrapado en el cuerpo de un ogro con una terrible maldición.

Es una chica inocente, inteligente, con muy buen corazón, que tiene la virtud de hacer el comentario adecuado, en el momento preciso. ¡No es justo que ella tenga que pasar por todo lo que he tenido que pasar yo, e incluso por cosas que yo no he tenido que vivir! Me parece que es alguien muy fuerte y muy valiente, y al mismo tiempo, una persona frágil, que debe ser protegida. Al fin y al cabo, es una niña.

Pues esta niña ha decidido empezar a acudir a la UTIG para iniciar su proceso de… «rectificación de sexo». La palabra «cambio» no me parece apropiada, y en su caso, es menos apropiada que nunca. Si yo fuese el psicólogo que la atendiese, le estaría extendiendo el informe a los cinco minutos de hablar con ella. Pero como las cosas no son tan fáciles, e incluso para llegar hasta el psicólogo hay una serie de problemas que es necesario solventar, quiero intentar ayudarle en todo lo que pueda. Desgraciadamente, todo lo que yo puedo hacer no es ni la mitad de la cuarta parte de lo que ella va a necesitar.

Por otro lado, también estuve hablando con otro amigo. Él ya tiene muchos años de rodaje, y ha cambiado sus papeles legales. Eso no significa que no siga teniendo problemas, ni a nivel médico, ni familiar, ni social. Pero me contó una cosa curiosa, y es que un colegio del Opus le va a contratar para dar clase durante el próximo curso. ¿No es irónico? No se trata solo de que sea transexual ¡Es que es más rojo que hecho de encargo! En su opinión va a durar menos en ese trabajo que un caramelo en la puerta de un colegio, pero… ¿quien sabe? Entre tanto, a lo mejor puede actuar de infiltrado y corromper las jóvenes mentes de los estudiantes opusinos con ideas y experiencias que nunca se imaginaron esos muros que llegarían a oír. ¡Ojalá dure mucho tiempo y pueda atraer a muchos alumnos hacia el lado oscuro de la fuerza!

Finalmente hablé con Clara. A Clara la conocí a través de este blog, y es una persona que lo está pasando muy mal. Es joven, buena y muy inteligente, y ha tenido que vivir cosas que no le deseo ni a mi peor enemigo (supongo que mi peor enemigo será algún cardenal o algún político ultraconservador). ¿Cuanto sufrimiento puede aguantar una mente antes de acabar hecha puré?

Sin embargo, tiene mucha gente a su alrededor que se preocupa y vela por ella. Yo soy uno de ellos, y cuando ayer me dijo que pensaba suicidarse de manera inminente, me preocupé muy seriamente, especialmente porque ya ha realizado varios intentos autolíticos antes… Quizá solo sea una manera de llamar la atención, pero tal vez de verdad desea la muerte. O incluso si se trata únicamente de una forma extremada de pedir a los demás que se acuerden de ella, es posible que un día se le vaya de las manos y acabe mal.

El problema es que no sé dónde vive.  Sé que está en Sevilla, y que hace un tiempo vivía en una casa de acogida que lleva una orden de religiosas (sí, en efecto, no todos los que creen en la Iglesia Católica son unos cabrones, hay personas que se preocupan y tratan de ayudar a los demás). Con esta poca información y gracias a los contactos de Kim Pérez, al final esta mañana he logrado localizarla, al menos a través de su teléfono movil. Ya no vive con las monjas en «Villa Teresita», que era donde estaba antes, pero Conchi, una de las personas que trabajan allí, sabía al menos como contactar con ella. Esta mañana he podido hablar con Clara por teléfono. Está bien, y además, está con una amiga que no la deja hacer tonterías. Menudo alivio.

Clara, si lees esto… lo siento, fuí yo el que llamó a la policía. ¿Qué iba a hacer? Tienes a mucha gente que te quiere y se preocupa por ti, y tú eres suficientemente inteligente como para darte cuenta. Escúchales, sigue sus consejos, déjate cuidar por ellos, y verás como poco a poco las cosas se van viniendo a su sitio casi sin darte cuenta.

Finalmente, también quiero contar que estos días he conocido a gente estupenda. Hace un par de semanas me invitaron a unirme a la grupo «Conjuntos difusos», compuesto por personas muy diferentes con un objetivo común. Con ellos he encontrado un sitio en el que compartir una serie de ideas que hasta ahora no había logrado que nadie más tomase en consideración. No sólo eso, además, creo que estoy haciendo nuevos amigos, y empiezo a descubrir que quizá haya alguna forma de cambiar las cosas que creo que deben ser cambiadas, en lugar de tener que limitarme simplemente a señalar lo que en mi opinión está mal, mientras miro impotente como las cosas siguen.

Sin embargo, no puedo perder de vista que el primero a quién tengo que ayudar, y por quién más tengo que trabajar y esforzarme es por mí mismo. Empezaré por aprobar la oposición, y el resto, ya lo iremos viendo sobre la marcha. Si no me ayudo a mi mismo ¿cómo voy a poder ayudar a los demás?

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Afortunado

Debo considerarme afortunado por muchos motivos.

En primer lugar (y no sé si ya me hago pesado, pero no me canso de repetirlo) por tener unos amigos tan increibles. Quién tiene un amigo tiene un tesoro… y en ese sentido, mi capital es comparable al capital social del BBVA.

Los refraneros nos advierten de que no confiemos demasiado en nuestros amigos, ya que sólo en la adversidad podremos reconocer si realmente se merecen ser llamados así o no. Casi todos llevan implícita una pesimista advertencia: que en realidad, la mayor parte de las veces, los que creíamos que eran amigos, nos fallan.

En mi caso eso no ha ocurrido. No sólo no me ha fallado ninguno, si no que han aparecido de donde no me lo esperaba. Una y otra vez no dejo de sorprenderme de lo maravillosas que son las personas que me rodean, incluyendo las que están «virtualmente» cerca, a través de la red, y me pregunto que habré hecho para tener tanta suerte.

(Y sí, Javi, que sepas que esto también va por tí y por Maria José)

También me he dado cuenta de que soy afortunado por tener algo que, al parecer, a mucha gente le falta. Emociones. Cuando enciendo la televisión (cosa que no ocurre a menudo) me doy cuenta de que todos los anunciantes pretenden lo mismo: vender sentimientos, sensaciones, algo que nos haga pensar que este día ha sido especial.

Yo siempre tengo la sensación de que cada día es especial. Aunque en realidad no ocurren grandes cosas en mi vida, y cuando me preguntan como me va, lo único que se me ocurre decir es: «psche, como siempre, todo sigue igual», es raro cuando no encuentro un detalle que me haga sentir bien.

Hoy conseguí encontrar aparcamiento en menos de 15 minutos (lo normal es media hora o más), y me llegaron por correo unas fajas que necesitaba con cierta urgencia. Fui a echar la inscripción de la oposción y no había cola en el banco ni en la subdelegación del gobierno. Cuando llegué a casa mi vecina me dijo que me había recogido unos libros que pedí por correo, y que habían llegado mientras estaba fuera, así que me he ahorrado trasponer a Correos, que está bastante lejos. La verdad es que no voy a poder leer esos libros hasta dentro de bastante tiempo, pero los compré porque estaban muy baratos, y me ha dado alegría que me llegasen. También fuí a comprar un traje… ¡mi primer traje masculino! Y las cinco personas que trabajaban en la tienda me identificaron como hombre sin dudar (debo aclarar que es una tienda que también vende ropa de mujer). Por cierto, encontré el traje, tirado de precio, y me quedaba bien.

La verdad es que no suelo hacer tantas cosas a lo largo de un día. Normalmente sólo estudio y miro un par de veces mis foros de juegos de rol. Pero aún así, casi siempre encuentro algo por lo que alegrarme: una tirada de dados afortunada, un mail de alguien que conozco, o un test que me sale tan bien como tenía previsto.

Es otro motivo por el que puedo decir que tengo suerte: soy capaz de controlar mis emociones y, simplemente, sentarme a estudiar. No es algo muy divertido, ni una habilidad demasiado interesante, de esas de las que puedes presumir. Pero es util.

Y tengo esperanza. De vez en cuando me descubro pensando que quizá cuando mi madre me acompañe a ver a la psicóloga, hablar con ella le suponga una diferencia. Quiero creer las cosas pueden cambiar y acabarán haciéndolo tarde o temprano. Que no hay mal que cien años dure, y que pronto todo empezará a solucionarse.

En fin… las cosas no son perfectas, pero es que, en realidad, nunca lo son. Todo el mundo tiene problemas, y no todos tienen tantas ventajas. No me puedo quejar.

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Hoy me llevé una agradable sorpresa.

Desde hace algunos años, pertenezco a dos comunidades de juegos on line. Son «sitios» en los que algunas personas con intereses comunes nos reunimos «virtualmente» para un fin concreto, que es el de jugar.

No tiene nada que ver con Facebook u otras redes sociales. La gente que entra en contacto a través de estas comunidades, no se conocen entre sí de antes, y no se dedican a hablar de sus cosas. O sí lo hacen, pero no es el objetivo prioritario. Simplemente invierten su tiempo de ocio desarrollando actividades en grupo «a distancia», normalmente debido a que no tienen posibilidad de hacerlo «en persona». Jugar en persona siempre es más divertido, pero no siempre es posible.

En estas comunidades, se pueden llegar a encontrar buenos amigos. Y no me refiero al amigo de «te cuento mis cosas y cuando apago el ordenador me olvido de tí», si no a amigos-amigos, de los de verdad, aunque vivan muy lejos.

Al igual que he tenido que «transicionar» en la calle, he tenido que hacerlo en el mundo virtual. Y al igual que he hecho con la gente que tengo cerca, no he dado explicaciones a todo el mundo, sólo a la gente con la que más contacto tenía y que para mi era necesario que supieran lo que estaba haciendo. El resto, que lo adivinen.

Pero claro, en la red el pasado aún es presente. Las fotos que puse, están colgadas (podría borrarlas, pero no quiero), los posts que escribí aun son legibles, y, en una de estas comunidades, los participantes pueden opinar los unos sobre los otros, y esa opinión se queda reflejada en su «perfil», con el único objetivo de que futuros jugadores sepan si la persona es fiable o te va a dejar tirado a la primera de cambio. Por eso en mi perfil, aparecen opiniones como «es una excelente jugadora», y cosas así.

Esta mañana, cuando he encendido el ordenador, he visto que una chica con la que hace mucho tiempo que no juego, y con la que realmente no he tenido demasiado contacto, había editado, no solo sus opiniones sobre mí, si no las respuestas que había dado a mis opiniones sobre ella. Yo no le había contado nada, ni, desde luego, se me había pasado por la cabeza pedirle que cambiase nada, pero al ver las modificaciones que he hecho en mi ficha personal, ha sumado dos más dos, y sin preguntar nada, simplemente ha cambiado las «a» por «o» y ya está.

Me he quedado de una pieza. Sorprendido, impresionado, y más contento que un ocho. Cuando empecé con todo esto, lo hice porque no podía seguir viviendo de la forma que lo estaba haciendo. Pensé que era algo que tenía que hacer, y no sabía hasta que punto iba a sufrir por ello, aunque supuse que sería bastante. Pero nunca imaginé que, al mismo tiempo, empezaría a encontrar alegrías en cada recoveco de la vida.

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Me gusta la rutina.

Ayer quedé con unos amigos para ir de tapas. A lo largo de toda la noche estuvimos hablando de un montón de cosas interesantes, como las hipotecas, las comisiones bancarias, maneras de celebrar una despedida de soltera, accidentes que pueden ocurrirle a alguien que practique bricolage sin tener ni puta idea, cómo mover un punto de luz en el salón, cómo engañar a la compañía suministradora de electricidad (Endesa), diferentes perfiles profesionales que pueden parecer atractivos a las empresas, etc.

Me sirvió para darme cuenta de lo aburrida y normal que ha vuelto a ser mi vida. Tras dos semanas enteras sin tener movidas con nadie, he entrado en una rutina de estudiar, trababajar, buscar empleo (para mejorar) y vuelta a empezar. O sea, lo mismo que hace todo el mundo.

¿No es maravilloso?

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