Archivo diario: 17 noviembre, 2013

No hay palabras para titular esta entrada.

Decir que la conocí en una página web de contactos sería mentira, porque me conoció ella a mí. Fue en julio. En aquel momento, estaba cansado, harto de pelear, me sentía sucio. Iba a la playa y me metía en el agua, nadaba y buceaba, y no conseguía quitarme de encima esa sensación de haberme manchado con algo que jamás me podría limpiar.

Las circunstancias me llevaron a aparcar todos los proyectos que tenía relacionados con el activismo, y mientras los borraba de la lista de cosas pendientes, decidí añadir un proyecto nuevo “encontrar pareja”. Pensé que era una tontería, que ese tipo de cosas no se puede planificar, pero aún así lo apunté para que no se me olvidase que debo pensar más en vivir mi vida, y menos en vivir la vida de los demás.

Al día siguiente, ella me encontró en Internet, aunque el primero en escribir fui yo. Le indiqué, por si no se había dado cuenta, que soy 11 años mayor que ella (tiene 23 años, y yo 34), y ella me dijo que, efectivamente, no se había fijado en el detalle, pero que le daba igual. Ella no tenía foto, me dijo que era porque está muy gorda. Yo le dije que soy trans. Ella entendió lo que significaba (cosa rara, la mayoría de la gente entiende a la que le digo que soy trans piensa que quiero ser mujer y todavía no he empezado) y me dijo que no le importaba, pero que tenía que saber que los hombres huían despavoridos cuando la conocían. Yo le dije que tengo unos 50cm de cicatrices repartidos por todo el tronco.

Mientras tratábamos de espantarnos mutuamente (seguramente porque ya estábamos los dos un poco cansados de que la gente se espante de nosotros), hablamos de lo que hacíamos. Ella estudia, yo también. Hablamos del eterno debate “estudiar ciencias contra estudiar letras”, y yo le dije que me gustan las matemáticas, pero yo no les gusto a ellas. Ella me contestó que no es una cosa tan rara, ya que las matemáticas siempre están planteando problemas. Cuando conoces a una persona que te dice algo así, no la puedes dejar escapar.

Además, le gustan las películas de ciencia ficción y los videojuegos, es feminista, y tiene una gran curiosidad. Tiene una gran paciencia conmigo, y no se enfada fácilmente. Es muy fácil hablar con ella, y es muy difícil hablar de ella porque creo que nunca le hago justicia a como es de verdad.

Lo más importante, es que me hace sentir lleno. La mayoría de la gente que se dirige a mí lo hace para pedirme cosas, o incluso para lucrarse con las cosas que he hecho yo, atribuyéndose la autoría de mis obras, o tratando de invalidarlas para ofrecer, como opción alternativa, exactamente lo mismo que yo había hecho, pero con su cara y su firma. En cambio, ella se ofrece a hacer cosas por mí, pero nunca pide nada a cambio. Se da cuenta de las cosas que necesito, o que se me dan mal, y me echa un cable en lo que puede, sin necesidad de pedírselo. Después de años de entregar amor y amistad incondicional a personas que lo único que sabían hacer era pedir más, empezaba a pensar que ese era el único tipo de personas que yo podía atraer, y daba gracias porque, al menos, ya no me quedaba mucho más que pudiesen sacarme. Estaba vacío.

Ella me va llenando poco a poco, y de esa manera hace que yo quiera ser mejor persona para poder corresponderle y estar a su altura. No me importa si alguien me critica, mientras ella piense bien de mí.

Como no es de mi ciudad, tuvimos que esperar un poco de tiempo para conocernos en persona. Por las cosas que decía de si misma, yo pensé que era fea como un orco. Tanto insistía ella en el tema que, aunque la belleza no es algo que me importe especialmente, y menos tratándose de alguien tan excepcional, estaba empezando a preocuparme un poco ¿Y si, con lo maravillosa que era, al conocernos no había química? La única foto que yo había visto de ella, era pequeña, estaba tomada desde muy lejos, y no salía nada favorecida.

“No es que salga mal en las fotos, es que soy así”, protesta ella cuando le digo que debería poner otra foto mejor. Pero no es verdad. Cuando vino la primera vez, yo estaba esperándola en la estación de autobuses y la vi pasar a tres metros de mí, caminando hacia la salida. Pensé “mira que chica más guapa, se le da un cierto aire…”, y seguí esperando, hasta que al cabo de unos minutos me llamó para decir que no me encontraba. Reconozco que no me sorprendió demasiado que ella fuese precisamente la chica que me había llamado la atención, ya que, como he dicho, se le daba un aire a la de la foto, y, por otra parte, me parecía que estaba exagerando un poco sus supuestos defectos.

 Las cosas no salieron del todo bien en aquella ocasión. Fue un fin de semana agradable, pero cuando se volvió a su casa, yo estaba convencido de que no le gustaba (ella dice que pensó lo mismo de mí). Lo cierto es que el coqueteo no es una de sus muchas habilidades, y tampoco forma parte de las mías, así que la cosa estaba difícil, aunque debo decir en mi defensa que yo hice varios intentos de acercamiento y ella los rehuía sin parar. Decidí dejar de intentarlo cuando, a base de buscar la proximidad, descubrí que yo estaba ocupando el sofá entero, y ella se había tenido que acurrucar en un rincón. Un poco más, y se sube al reposabrazos.

Pero con el paso del tiempo, ella habló conmigo (no tener que dar yo el primer paso, es algo que no me había pasado nunca) y… Se comprenderá que ya he dado suficientes detalles y no voy a entrar en más. Resumiendo, diré que volvimos a vernos otro fin de semana, y esta vez, las cosas sí que salieron bien. Desde entonces ha pasado un mes, y las cosas siguen saliendo bien.

Es poco tiempo, pero más que suficiente para darme cuenta de que no conozco a nadie como ella. La principal barrera que ha interpuesto entre nosotros ha sido una sábana. Podemos hablar de cualquier cosa, y la conversación fluye con facilidad, incluso con temas que podrían ser difíciles, convirtiendo las palabras en agua que alimenta y limpia, y no en cuerdas que atan y se enredan alrededor de los conceptos. Tiene carácter, pero no necesita imponerse y quedar por encima siempre (yo estoy trabajando para no necesitarlo, y llegar a alcanzar algún día su nivel). No me cuesta hacer míos sus sueños, pero creo que a ella tampoco le cuesta hacer suyos los míos. Cuento los días hasta la próxima vez que nos volvamos a ver, y la echo de menos por los pasillos, las siestas del fin de semana, y cuando los termómetros bajan.

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