Viajar a Guayaquil (II)

Preparar los diez minutos de ponencia para el acto de Guayaquil fue un trabajo que nos requirió muchas horas, ensayos, borradores reescritos una y otra vez… Igual que en las carreras de coches el piloto conduce pero tiene detrás un equipo que se encarga de poner el vehículo a punto, nuestros ponentes tenían el respaldo de todo el Proyecto Transgénero.

Así que cuando a los compañeros empezaron a hablar, yo también estaba hablando a través de ellos, aunque sin subir a la tarima. Y al ver lo bien que lo hacían, me hinché como un pavo real. Los otros ponentes y las personas que estaban en el público asentían con la cabeza a sus palabras, que también eran las mías, y mientras ellos, desde arriba, aguantaban el tipo, los nervios, la presión… yo, sentado entre el público, disfrutaba de la sensación del trabajo bien hecho.

Lo que yo no sabía era que, además de encontrar mis palabras en el discurso de mis compañeros, las encontraría en el discurso de otra de las personas que iban a hablar allí. Estaba hablando Diane, de Silueta X, y de repente algo en lo que decía me sorprendió. No era solo porque el contenido me sonaba muy diferente al tipo de cosas que se suelen escuchar aquí, en el Ecuador (sus preocupaciones son totalmente distintas a las que tenemos en España) sino porque me resultaba extrañamente familiar… ¡Y tanto que me era familiar, como que lo había escrito yo! Se trataba de la traducción del informe Hamaberg que había hecho junto con otra persona, y que se ha publicado dentro del proyecto Transrespeto vs. Transfobia en el Mundo. Y ahí sí que me hinché del todo como un pavo real, puesto que esa traducción está para que se difunda lo máximo posible, y reencontrarme con ella después de haber viajado tanto, en un lugar tan improbable, que nada tenía que ver con mis proyectos de aquel momento demuestra que, en efecto, esa difusión está existiendo. La pena es que la ponente olvidó citar la fuente, de modo que parecía que lo que estaba diciendo hubiese sido idea de ella, pero bueno… son las cosas del directo.

Después del acto pudimos hablar con varias personas sobre nuestras ponencias, pero también sobre las otras que se habían hecho. Todas habían sido muy buenas e interesantes, y nos habían dado que pensar y de qué hablar. Conocí a gente nueva… e incluso conocí a un señor de Barcelona que llevaba un año viviendo en Ecuador. Me dió mucha alegría volver a ver a un compatriota y escuchar un acento parecido al mío (si alguien cree que el acento de un andaluz no se parece al de un catalán, que se pase una temporadita viviendo aquí y luego me lo cuenta). Siempre que he viajado al extranjero he encontrado españoles hasta en la sopa, pero aquí en Quito somos muy pocos y parece que andamos «camuflados», porque yo todavía no me he cruzado con ninguno, ni siquiera cuando he ido al consulado español (excepto el guardia civil que trabaja allí).

A continuación, estaba planeada una besada en el Malecón. Eso del Malecón me dejó un poco confundido, porque Guayaquil está a dos horas de la costa, así que no podía imaginarme como harían los barcos para acercarse a ese malecón en cuestión. Con lo que yo no contaba es con que la ciudad tiene río, y además los ríos de aquí no son como los de España… Aquí llueve con abundancia, y el resultado son ríos muy anchos… navegables.

De todos modos, el Malecón no es un puerto fluvial, sino más bien un paseo a lo largo del río. Se trata de un paseo muy bonito, de estilo moderno, que, de algún modo recuerda al ambiente de Barcelona, aunque lo cierto es que no se le parece en nada. Los colores predominantes son los naranjas, rojos y amarillos, pero las lineas onduladas y suaves, los edificios modernistas que hay cerca, el clima caluroso y húmedo… le dan un «yo que sé qué», que recuerda muchísimo a la ciudad Condal, que tan bien conozco. Me dió una morriña terrible, aunque al mismo tiempo me gustó encontrarme en un ambiente conocido, y al mismo tiempo, no podía dejar de sentirme algo ajeno, extraño, de una forma indefinible. Era como volver a casa y descubrir que te han cambiado de sitio todos los muebles y las llaves de la luz.

El viaje de vuelta lo hicimos de nuevo por la noche, en atobús. De nuevo nos registraron las mochilas antes de subir al vehículo, aunque a mí no me cachearon (a mis compañeros sí… pero lo cierto es que he notado que casi siempre los controles de seguridad que me hacen a mí son más livianos que los que hacen a la mayoría de la gente… debo tener cara de inocente). Una vez más, la policía nos detuvo a mitad de camino y también nos registró las mochilas y nos cacheó. Además, en esta ocasión a los hombres nos metieron dentro de un corralito, con lo que, encima, me entró complejo de gallina. Pero estaba tan cansado y tenía tanto sueño que me dio igual todo. Yo sólo quería dormir. Los virus de gripe o resfriado que llevaba encima también me animaban a dormir, y el autobús era tan sumaente cómodo para la vuelta como lo fue para la ida, así que caí rendido como un niño chico y dormí del tirón hasta que llegamos a Quito cuando ya era de día.

Aquí dejo los videos de las ponencias de mis compañeros:

Pascal Hannoun.

Jorge Santana.

2 comentarios

Archivado bajo Activismo

2 Respuestas a “Viajar a Guayaquil (II)

  1. A mí las dos intervenciones de tus compañeros me parecen de sentido común. Es absurdo que ciertas cosas pasen a estas alturas de la historia.

  2. «… hasta que llegamos a Quito cuando era de día…»

    Lo que me pasa a mí siempre que me duermo… je je…

    Intento imaginar qué se siente cuando uno se despierta entrando a Quito.. no me lo «quito» de la cabeza.

    Suertudo…

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