Archivo diario: 17 abril, 2010

Bienvenida

Mi primer día en Ecuador resultó un tanto confuso. En la casa vivimos varias personas, y yo he sido el último en llegar, así que no sé donde está nada, ni donde guardar nada, ni quién hace qué. Desconozco también el funcionamiento de casi todo, desde el calentador hasta el router, aunque robar la conexión wi-fi a un vecino que la tiene abierta ha resultado muy fácil. Tampoco sé muy bien qué son algunos alimentos que están en la nevera y en la despensa, ni como suelen cocinar aquí en general, e incluso las señales de tráfico son raras. De la relación que los conductores, los semáforos, los pasos de peatones y los peatones mantienen entre si, mejor ni hablamos.

Ahora ya se como se siente un pulpo en un garaje.

Después de haberme acostado a la 1:30 de la noche, me desperté a las 6 de la mañana, con los ojos como platos y el sol entrando a raudales por la ventana. Intenté dormir un poco más, pero no hubo manera… mi cerebro decía que las 13:00 ya no eran horas de estar en la cama, y menos haciendo tan buen tiempo. A las 7:15 claudiqué y me levanté, porque es tontería estar dando vueltas en la cama. Desayuné a las 8:30, que es el equivalente de las 15:30 aquí, y yo andaba con más hambre que el que se perdió en la isla. Habría desayunado antes, pero no tenía ni idea de qué era comestible y qué no, así que tuve que esperar a que mis compañeros se levantaran (en aquel momento sólo estábamos tres personas en la casa).

En cuanto los otros dos se levantaron, se pusieron a hacer cosas. Están arreglando la casa, que es muy vieja y necesita reparaciones constantes, y tenían cosas que hacer. A las 10 llegó un chico que viene a dar clases de ninjutsu, dentro del programa de actividades del PT (creo que eso merecerá una explicación más adelante, cuando todo sea menos nuevo y empiece a comprender como y por qué funcionan aquí las cosas). A las 10:30 llegó Luis “La Cobra”, que fue campeón mundial de boxeo, y viene a dar clases de boxeo por aquí. Llegaba con un poco de retraso.

A todo esto yo empezaba a notar los efectos de la altura. Quito está a 2850m de altura (más o menos), o sea, muy alto. Sólo de subir y bajar las escaleras de la casa ya se me agitaba la respiración, así que ponerme a hacer ejercicio… pero bueno, la cuestión es que me puse y algo hice.

Después vino Eli a acompañarme a hacer unas gestiones que necesitaba, aunque no nos dio tiempo de hacer la mitad de las cosas que yo quería. Al parecer cualquier pequeño trámite que se haga aquí, como abrir una cuenta en un banco, requiere una gran cantidad de papeles, requisitos, y colas. A mí más o menos me daba igual, porque me dejé la percepción del paso del tiempo en Madrid y todavía no la he recuperado, y además no tenía otra cosa que hacer, pero Eli iba con el tiempo justo y al final acabamos casi corriendo… sólo que a esas alturas yo estaba ya bastante tocado por el cambio de horarios y la propia altura, y no andaba para muchos trotes.

Aprovechamos la ocasión para echar un vistazo preliminar a lo que es el centro comercial y de negocios de Quito. No podría decir que es bonito, ni feo, pues no se parece a ningún sitio en el que haya estado antes. Junto a los impresionantes edificios modernos, de bastante altura sin llegar a ser rascacielos, con fachadas de cristal, se combinan las calles asfaltadas a base de parches, las aceras mal mantenidas, los autobuses urbanos antiquísimos, y los puestos de comida callejeros, o personas vendiendo frutas y verduras en los semáforos. Mientras que la limpieza y decoración de los edificios y los enormes centros comerciales es escrupulosa, las calles tienen un aspecto descuidado. Eso sí, hay árboles y plantas por todas partes.

Volví a la casa hecho polvo, pero tras una siesta de una hora, resucité como si nada. Mientras estaba fuera llegaron el resto de compañeros, los que no pudieron estar el día anterior a causa de un pequeño accidente, así que la sexta (o séptima, no estoy seguro) promoción de residentes políticos transfeministas del PT estaba ya al completo.

Por suerte, la casa es grande. Ahora mismo estamos viviendo aquí seis personas, aunque falta una, que es la residente más antigua de la casa, y que está en Bolivia para una conferencia. Curiosamente, mientras que aquí casi siempre se han alojado mujeres trans, en esta ocasión somos todos hombres. Está Jay, que viene de los EE.UU. y se queda sólo unas semanas, Gabrielle, que es Colombiano y vino aquí para estar dos o tres semanas, pero ya lleva cuatro meses y no tiene intención de marcharse, al menos de momento, Pascal y Jeycob (tengo que reconocer que no sé como se escribe el nombre de Jeycob, debería preguntárselo), que vienen de la provincia de Manabí, donde hay tradición de que las personas trans no realicen ningún tipo de modificación corporal, y la situación está bastante bien aceptada, todo ello gracias a la fuerte influencia de la cultura kichuwa que todavía hay allí, Jorge, que es un activista intersexual, y Hugo, que no vive en la casa, pero está de visita.

A parte de los “internos” también hay muchos colaboradores externos, como Ana Almeida, que es la directora del PT, Elisabeth Vásquez, que es la coordinadora política, y un montón de gente más a los que todavía no conozco.

De los que conozco, todavía puedo decir poco, pues casi no los conozco. Algunos son muy dulces, otros muy divertidos, los que proceden de Manabí hablan un dialecto del español que me resulta muy difícil de entender, aunque a ellos también les resulta complicado entenderme a mí (dicen que entienden mejor al americano, supongo que porque tiene más acento ecuatoriano que yo), y uno de ellos tiene los ojos más bonitos que haya visto en mi vida. Tienen música puesta a todas horas, pero también es verdad que están todo el tiempo haciendo cosas sin parar, así que es normal que quieran estar escuchando algo de música para animarse.

Parece mentira que en un solo día de tiempo a que pasen tantas cosas.

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Cruzando el charco.

Decidí irme el miércoles a Madrid, aprovechando que un amigo me dejaba quedarme en su casa. La otra opción era coger el autocar Granada-Madrid de madrugada, y no era algo que me hiciese mucha ilusión.

Aproveché el tiempo extra en Madrid para ver a otros dos amigos más y despedirme de ellos. Después de toda una semana de despedidas presenciales, virtuales y telefónicas, empezaba a darme mucha pena lo de irme. Incluso llegué a soñar que no cogía el avión, pero lo siguiente que hacía en mi sueño era buscar desesperadamente otro pasaje, para la fecha más próxima posible, al precio que fuese. Lo bueno de los sueños es que a veces sirven como ensayo para saber como reaccionarías en la vida real.

Llegué al aeropuerto alrededor de la una del medio día, porque el avión salía a las cuatro y media y había que presentarse tres horas antes del embarque (¡tres horas!). Me acompañaba una amiga que viendo que mis previsiones monetarias se habían quedado cortas, me hizo el favor de prestarme algo de dinero (lo que no acordamos fue cómo se lo devolvería, ella dice que en cromos del capitán no-se-cuantos, pero obviamente yo no me quedé mucho con la copla, así que me parece que no va a poder ser).

Facturar el equipaje fue dificilillo, teniendo en cuenta que no estaba anunciado en ninguna parte dónde se encontraban los mostradores de Avianca, que era la compañía con la que volaba. Encontrar la puerta de embarque fue más difícil todavía, teniendo en cuenta el tamaño de la terminal T4 de barajas, que incluso tiene un tren dentro para ir de un lugar a otro. Tardé aproximadamente media hora en llegar desde el control de la Guardia Civil hasta la puerta de embarque…

El chico que me atendió a la hora de facturar las maletas, debía tener el día gracioso, porque al mirar que mi billete era hasta Quito, con conexión en Bogotá, me dice:

–          Va hasta Quito ¿verdad?

–          Sí – respondí yo.

–          ¿Pongo el equipaje para que llegue hasta Quito?

–          Hombre, mejor que sí, porque si yo llego a Quito y el equipaje se queda en Bogotá, no va a tener mucho chiste la cosa.

Yo quiero pensar que estaba de cachondeo, porque la otra opción es que el muchacho gustaba de aterrorizar a los pasajeros haciéndoles pensar en la posibilidad de que su equipaje se pierda.

En el control de la Guardia Civil me puse un poquito nervioso porque era la primera vez que viajaba con un portátil, y no sabía si iba a tener problemas por ello, pero no me pusieron ninguna pega. También iba un poquito nervioso porque he notado que últimamente todo el mundo me llama “señor”, “caballero”, y cosas así, lo que me da una idea de que me debe haber cambiado la cara bastante. En realidad no hace falta que me lo diga la gente, porque últimamente, cuando me miro al espejo veo a un chaval bastante joven al que no conocía todavía. Por suerte me parezco lo suficiente a la foto del pasaporte como para que sea evidente que soy yo, y me da la sensación de que en los controles del aeropuerto casi nadie lee el nombre, sino sólo la foto y el apellido. No tuve ningún problema en el control, y lo único destacable es que uno de los guardia civiles me preguntó qué edad tengo, probablemente sospechando que podía ser menor de edad.

Llegué a la puerta de embarque casi una hora antes de que empezasen a embarcar, hora que aproveché para comerme un par de hamburguesas casi comestibles que había comprado fuera del aeropuerto, siguiendo el consejo de la amiga que me había acompañado (un muy bien consejo). También aproveché la ocasión para contravenir la orden que me dio de esperar a encontrarme en el aire antes de abrir el regalo que me había dado. En realidad no me había hecho un regalo, sino dos, el otro de parte de una amiga común, pero como el de nuestra amiga era más grande lo tuve que meter en la maleta, y ese sí que es verdad que no pude abrirlo hasta que llegué a Quito.

Como sé que a mi amiga le va a dar mucha vergüenza que diga lo que me regaló, no lo digo, pero sí que diré que no se imagina hasta que punto acertó con el regalo en cuestión. ¡Muchas gracias!

Embarqué en el avión con toda normalidad, sin ninguna pega por el tema de los documentos, ni caras raras, ni nada. En este punto hay que decir que yo vengo de un pueblo, que la primera vez que subí en un autobús urbano fue a los 17 años, y no estoy muy acostumbrado a eso de los aviones, a no ser que los vea en el cielo. Además, los últimos vuelos que he cogido eran de compañías “low cost”, es decir, aviones de hojalata desprovistos de la más mínima comodidad o atención, y que llevan asientos de milagro, así que entrar en un avión de línea regular, que además hace un recorrido transatlántico para mí fue toda una experiencia. Era largo… largo… ¡Más largo que un autocar! Y en cada fila tenía diez asientos. Los asientos eran un poco estrechos, y estaban bastante apretados, pero tenían una cosa curiosa: una consola en el respaldo del asiento delantero, donde uno podía ver películas “de estreno”, jugar, escuchar música, ver mapas con la información del vuelo, etc… Algo muy de agradecer si vas a meterte en un vuelo que dura diez horas.

Una de las cosas divertidas de volar en dirección oriente es que vas ganando horas a medida que el avión avanza. Es decir, cada uso horario que atraviesas es una hora que tienes que atrasar el reloj. La consecuencia de ello es que, aunque el viaje duró diez horas, despegamos a las 16:25 y llegamos a Bogotá a eso de las 20:30.

No sé muy bien cuanto tiempo estuve esperando en el aeropuerto de Bogotá, porque a esas horas en España eran las 3 de la noche y yo ya había perdido por completo el sentido del tiempo. Creo que estuve alrededor de una hora y pico, aunque como en la sala de embarque en la que nos tenían “secuestrados” había televisión, la cosa no fue para tanto. Además los asientos eran relativamente cómodos (más que los de Barajas) y, sobretodo ¡anchos! Después de 10 horas de vuelo, se agradecía poder estirar brazos y piernas.

El avión de Bogotá a Quito era una copia del anterior, sólo que más corto (aunque seguía siendo más largo que un autocar) y con seis asientos por fila. Tenía también la consola para ver películas, aunque el vuelo fue tan corto que no me dio tiempo ni de ver un capítulo de House (ver House doblado con acento colombiano es una experiencia curiosa). En realidad no me dio tiempo ni de ir al servicio, y eso que estaba bastante empeñado en ello. Una hora después de despegar estábamos aterrizando, eran las 23:00 hora local, y las 06:00 en España.

La sensación de que “hoy es mañana” es tan curiosa como lo de ver House doblado con acento colombiano. A la hora que era, ya más que tarde para mí era temprano. Mi cuerpo entraba en zona “madrugón” y se me estaba empezando a quitar el sueño. Fue una suerte porque desde que bajé del avión hasta que conseguí salir del aeropuerto pasó una hora. El control de inmigración estaba completamente colapsado y yo fui uno de los que llegaron al final de la cola. Lo bueno es que no tuve que esperar a que salieran mis maletas, cuando salí yo, ya estaba todo el equipaje fuera.

En el control de inmigración ecuatoriana sí que me pusieron un poco de cara rara al ver el pasaporte, aunque teniendo en cuenta que yo estaba con jet lag y ya llevaba 14 horas de viaje comprendidas dentro de un día de 31 horas, es probable que fuesen figuraciones mías.

Cuando por fín logré salir, me estaba esperando un “pequeño” comité de bienvenida. Pequeño porque estaba previsto que viniesen 9 personas, y sólo fueron cuatro, ya que los otros cinco habían tenido un pequeño accidente que pudo haber sido bastante grave, pero que creemos que se quedará solamente en un susto.

Como parte de la bienvenida, me llevaron a comer perritos calientes. Nos contamos un montón de anécdotas sobre la preparación del viaje, y nos reimos mucho. Aunque a casi todos ellos los conocía tan solo de manera virtual, en seguida me sentí como en casa.

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