Archivo diario: 3 marzo, 2010

Derecho a cabrearse.

Tras la anterior entrada, mi intención era seguir escribiendo sobre la Ley 3/2007. Sin embargo desde la semana pasada han pasado varias cosas, entre ellas un terrible resfriado, de los que hacen época, que me ha tenido sin poder respirar, hablar o moverme, y mucho menos pensar, y el segundo acto transfóbico en quince días proveniente de alguien muy cercano a mí (aunque no de la familia, menos mal). Así que he decidido hacer un kit-kat (una pausa) y hablar sobre transfobia.

Normalmente, al hablar de transfobia, pensamos en insultos directos, en discriminación laboral, en asesinatos, en… en cosas de esas. Sin embargo, en muchas ocasiones, la transfobia es sutil, e incluso a veces nosotros mismos somos los primeros que la practicamos, sobre nuestra propia carne.

No sé qué pasará después de que publique esta entrada. Mi blog ya dejó de ser anónimo hace bastante tiempo, y quizá haya quien opine que lo utilizo para atacar desde un medio público que controlo a personas que no pueden responder aportando su versión del asunto. Es posible que después de esta entrada, mi lista de amigos se acorte en algunos nombres.

El primer ataque «transfóbico» me vino de una persona en la que confiaba, con la que compartí cosas muy íntimas, y que colgó un texto en Facebook el que, sin mencionar la transexualidad, exponía una serie de ideas y teorías científicas no comprobadas que a menudo se han utilizado en otros ámbitos para un ámplio abanico de cosas, desde la justificación de la patologización de la transexualidad como enfermedad psiquiátrica hasta la propuesta de posibles prácticas que rozan la eugenesia. Por si cabía alguna duda de que el texto iba dedicado a mí, lo acompañó de un extraño comentario en el que hacía referencia al DSM-V (el borrador del DSM-V ya ha salido, y la transexualidad sigue apareciendo en él, con un leve lavado de cara que sólo empeora las cosas).

Se trataba de un texto que, en resumen, relacionaba lo siguiente:

– La teoría (no sé si demostrada) de que las infusiones de hormonas durante el embarazo hacen que los dedos anulares sean más cortos o más largos (a más testosterona, más largo el dedo anular).

– La teoría NO DEMOSTRADA de que las infusiones de hormonas en el cerebro hacen que el cerebro del feto se desarrolle con forma masculina o femenina (con mucha testosterona, cerebro masculino, con estrógenos, cerebro femenino).

– La conclusión de que si tienes el anular más largo que el índice, recibiste mucha testosterona durante el embarazo, y tu cerebro es masculino, y si tienes el anular más corto o de longitud similar al dedo índice, tu cerebro será femenino.

– La conclusión de que el tener el dedo anular largo en las mujeres explica que estas sean más «masculinas de lo normal», presentando actitudes que son por naturaleza masculinas, o que tener el dedo corto en los hombres explica que estos sean más «dóciles» y tengan actitudes que son, por naturaleza femeninas.

Un texto tan completito que lo voy a buscar por internet (ya no tengo acceso al perfil de la persona que lo colgó, porque la desagregué casi de inmediato) y como lo encuentre, lo pongo aquí, comentado.

El segundo ataque transfóbico vino de alguien a quien durante muchos años he considerado como un amigo, aunque cada vez con más reservas, y que está casado con otra persona que a la que también tengo por amiga, esta vez sin reservas, desde hace tantos años como a él. Habíamos quedado él, su mujer, otra amiga y yo para pasar el puente recordando viejos tiempos, hablando de amigos comunes y disfrutando en general de nuestra compañía mutua. La última noche, este tipo dijo: «yo lo he pasado muy bien, pero la proxima vez a ver si os traéis a un hombre, para que pueda hablar con él».

Bien, bien, detengámonos aquí un momento. Esta es MI versión. Esto es como yo veo las cosas. Si preguntásemos a la persona que colgó ese texto lleno de barbaridades, muy probablemente diría que ella y yo llevábamos ya varios días «de mal rollo», que yo estaba muy susceptible, que en ningún momento cuando colgó ese texto lo hizo para hacerme daño o atacarme de ningún modo, y que, además, ella nunca dijo que estuviese de acuerdo con el texto que estaba difundiendo, sino que lo ofrecía para que cada cual sacase sus propias conclusiones. El texto, como ya he dicho, no decía nada sobre transexualidad, y si yo vi algo, o lo relacioné con la transexualidad de alguna manera, fue una interpretación mía, sin base alguna y que ella no podía prever.

En el segundo caso, mi «amigo» no es que quisiera decir que yo no soy un hombre… es que yo estaba en muy buena sintonía con las chicas, y él necesitaba a un cómplice con el que resoplar y decir «pffffffff… ay que ver como son las tías» mientras ambos ponían cara de «no hay quien las entienda».  Además, también buscaba a alguien con quien mirar las tetas a las tías descaradamente y darse codazos. Pero como yo estaba en buena sintonía con las chicas y no las menospreciaba, y le daba vergüenza darme codazos mientras miraba las tetas de las tías porque ha pensado que yo era una mujer durante muchos años, yo no servía como cómplice. Así que en realidad no es que quisiera decir que yo no soy un hombre, sino que no tenía confianza conmigo para hacer «cosas de tíos».

En realidad, como se puede comprobar, yo no tengo derecho a enfadarme. Lo que pasa es que soy un egocéntrico, me creo que el mundo gira alrededor de mí, y estoy completamente a la defensiva. Todo lo que se me diga puede ser interpretado como un ataque. Y, además, debería ser más comprensivo con la gente. No puedo enfadarme simplemente porque alguien no haya usado la palabra exacta. ¡Caray! ¡Que susceptible soy!

Yo podría pensar todo eso. También podría pensar que «no ofende quien puede, sino quien quiere». Además, no debería hacerles caso, y tendría que dejar que dijesen todo lo que quieran sobre mí. ¿Por qué me importa tanto la opinión de la gente?

Es lo que me decían en mis tiempos de instituto, cuando la gente me insultaba a gritos por la calle. En realidad, la culpa no era de ellos, que me insultaban, sino mía, que permitía que sus insultos me molestasen. ¡Yo debería estar por encima de eso!

Además, soy transexual. Ya se sabe que a la gente le cuesta asumir eso. Hay mucho desconocimiento de lo que puede molestar o no molestar, hay que ser tolerantes y entender que la gente no va con mala intención. No me lo puedo tomar todo tan a pecho.

Sí, podría pensar todo eso. Alguien debería explicar a quienes dicen estas cosas que  «no hacer caso» y relacionarse con los que «te quieren ofender, pero no pueden, porque tú estás por encima de esas cosas» es imposible. El resultado de toda esa superioridad y fortaleza moral que, si la tuvieras, serviría para que no te afectase la opinión de los demás, es que se queda uno más solo que la una. No puedo «no hacer caso» a alguien que me ha insultado, e irme a tomar café con él como si nada, porque como soy tan fuerte, aunque ha intentado ofenderme, no ha podido. Y como no ha podido ofenderme, no ha hecho nada malo.

Alguien debe decir que si nos ofenden, nos insultan, nos hacen sentir mal… no es nuestra culpa. Ser trans no es una vergüenza, y no debe obligarnos a aceptar que cualquiera nos diga la primera impertinencia que se le venga a la cabeza con impunidad. El desconocimiento tampoco es excusa. No conocer una ley, no exime de su cumplimiento. No conocer lo que es el respeto o la vergüenza no es motivo para que yo tenga que ser comprensivo ante la desvergüenza ajena.

La transfobia interna, el odio hacia uno mismo, la incomprensión hacia lo que uno mismo es, puede hacer que nos creamos todas esas gilipolleces que justifican la transfobia de los demás. Nosotros en su lugar quizá haríamos lo mismo. Tal vez nos lo merezcamos.

Yo podría pensar todas esas gilipolleces, pero no lo hago. Reivindico el derecho a cabrearme. Es más, estoy tan enfadado que, tras cruzar un par de párrafos con la del texto de Facebook, decidí que no quería saber más del tema y corté todo contacto, negándome al intento que ella hizo de «arreglar» las cosas. Estoy tan cabreado que me he quedado con las ganas de partirle la cara a mi «amigo», y eso que yo nunca he pensado que la violencia fuese la solución de nada. Tan cabreado que si mi amigo se disculpase, le aceptaría la disculpa, pero no le perdonaría. Y, lo peor de todo, es que no me siento mal por estar así de cabreado. No me siento egoista, susceptible, intolerante, que me lo tomo todo a la tremenda y no tengo paciencia con nadie. No siento que exista alguna excusa para justificar esos comportamientos ni creo que esté haciendo mal al no ser nada razonable y dejar una puerta abierta para que me expliquen el porqué me han atacado como lo han hecho. No siento haber hecho nada para haber sido agredido de esa manera.

Las personas trans no somos los únicos que somos agredidos así. También lo son los obesos, gays y lesbianas, discapacitados, los calvos, los zurdos, los feos (¡sobretodo las feas!), los que tienen las orejas grandes, los negros, los moros, los gitanos… Pero eso no me consuela. Ni tampoco sirve para hacerme sentir que debo bajar la cabeza y aguantar el chaparrón como toooodos los demás, porque «la gente es muy mala».

Insisto, reivindico mi derecho a caberarme. Y también reivindico mi derecho a poner como hoja de perejil a estas personas en mi blog, sin darles oportunidad de defenderse. Uso la ventaja que tengo, igual que ellos usan la ventaja que tienen de no ser trans, y me quedo tan tranquilo. Al menos quien se quiera enfadar conmigo por ello, tendrá motivos claros e incontestables de enfado.

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