Archivo diario: 22 octubre, 2009

Cariotipo.

La semana pasada tuve que ir a Málaga a hacerme un análisis de sangre. Era la única prueba que me faltaba por hacer: el cariotipo, y también la que más se ha demorado. La pedí en marzo, y me la he hecho en octubre. Seguro que los resultados no están listos para cuando vaya a ver a la endocrina, que será el próximo martes.

Si alguien se está preguntando para qué puñetas es necesario ver el cariotipo, puedo deciros que tengo la misma información que cualquiera. Cuando pregunté, me dijeron que era «para descartar algunas enfermedades que pueden provocar un deseo de pertenecer a otro sexo». Yo imagino que es para descartar que sea genéticamente intersexual, en cuyo caso se me aplicarían otros protocolos distintos, ya que la intersexualidad también se considera una enfermedad, sólo que no psiquiátrica, sino física.

A mí lo que me molesta de todo este asunto es que tenga que trasponer a Málaga para que me hagan un puñetero análisis de sangre. Como si aquí no hubiesen agujas, y buenas enfermeras capaces de extraer sangre, y medios para realizar un análisis del cariotipo. En realidad, no me extrañaría que hasta hubiesen más medios que allí.

Pues nada, parce ser que los hospitales no se hablan entre si, de modo que si un médico de Málaga solicita cualquier tipo de prueba, hay que hacérsela en Málaga. No en cualquier hospital de Málaga, sino en el hospital en que trabaja ese médico en cuestión.

Lo bueno es que, casualmente, un amigo mío estaba recién operado, también en Málaga, así que me consolé pensando que al menos tendría una buena excusa para ir a visitarlo.

El análisis en si, no tenía nada. Había oido que a una amiga le habían dicho que para el cariotipo te sacaban una burrada de tubitos de sangre, como 20 ó así. Pero no, tan solo me sacaron uno, y hala, para casa, que llueve. En realidad, tardamos más en hacer el papeleo: tuve que ir a pedir pegatinas, me pidieron dos veces la targeta sanitaria, y una vez el D.N.I. Yo ya estaba preparando también el carnet de la biblioteca, por si acaso hacía falta, aunque al final eso no fue necesario.

Una vez más, me llamó la atención el trato que me dió la persona que me atendía. Estoy seguro de que no soy el primer paciente trans al que se le ha realizado una extracción ahí. Entonces ¿por qué se tienen que referir a mí con la expresión «voy a sacarle sangre a esta niña»? ¿Por qué no se dirigen a mí usando mi nombre, en lugar de «disculpa, pásate por aquí»? ¿Ahora me llamo «disculpa»? No son solo las palabras, sino que en la actitud de la persona que me atendía se reflejaba un cierto deje de incomodidad, incluso un cierto desprecio…

Tengo la teoría de que los médicos del Carlos Haya están en rebeldía. Que se les ha instruido respecto a cuales son sus obligaciones para con nosotros, y sienten que, de algún modo, se está pasando sobre sus derechos. Me explico:

Hace algún tiempo, debatía con Dicybug sobre si en el ejercicio del trabajo de los funcionarios prevalece el «derecho a utilizar el castellano» que aparece en la constitución, o la obligación de tratar a los usuarios del sistema en cualquiera de los idiomas oficiales que existan en la comunidad autónoma. La obligación de hablar en catalán a un usuario que solicite los servicios de un funcionario en cataluña, aparecía como una vulneración de ese mismo funcionario a hablar en castellano.

Hace diez años, cuando empezó a funcionar la UTIG, la mayor parte de la gente tenía un rechazo instintivo a todo lo relacionado con la transexualidad. Era como si tratásemos de usurpar un puesto que no nos correspondía. Prostitución, fealdad, el mundo del espectáculo, llamar la atención… era lo que casi todo el mundo pensaba al pensar en transexualidad. En ese ambiente se intruyó a estas personas, diciéndoles que estaban obligados a tratarnos según el sexo sentido. ¿Y qué hace todo el mundo cuando pretenden obligarle a hacer algo que no quiere? Pues cerrarse en banda. Puede que hagas lo que te dicen sí, pero mal. Y ya no te preguntas el por qué de esa nueva obligación, sino que, simplemente, te centras en lo mucho que te molesta, y en que, en cierto modo, se está pasando por encima de tu derecho a actuar según tus propias convicciones.

En este caso su derecho a actuar según sus convicciones se contradice con mi derecho a desarrollar mi personalidad. Pero cuando hablamos de personas, no todo se reduce al derecho y la ley, sino que entran en juego otras muchas variables.

Estoy convencido de que nadie actúa si sabe que lo que está haciendo perjudica a otros, y a ellos no les reporta beneficio ni pérdida ese acto. Detrás de todo acto suele encontrarse una intención positiva. Pienso que si esas personas supiesen cuanto nos duele que se nos trate así, no sólo por el desprecio que demuestran, sino por todas las cosas a las que hemos tenido que renunciar, y todas las otras cosas que hemos tenido que pelear… Si ellos lo supieran, probablemente su actitud hacia nosotros cambiaría radicalmente.

También es cierto que tiendo a asumir que todo aquel que se dedica a la medicina debe ser alguien generoso y preocupado por los demás. Si no ¿por qué dedicarse a esa profesión? Hay otras que, con menos esfuerzo, dan más dinero.

Después de hacerme el análisis, fuí a visitar a mi amigo, el que estaba en el hospital. Le acababan de operar de masectomía, y yo esperaba encontrarmelo un poco «pocho». ¡Pero que va! Estaba estupendamente bien, con buen aspecto y mejor ánimo, deseando ver como le había quedado la cosa.

En las horas que estuve con él, conocí también a una chica trans, se estaba en otra habitación y también se encontraba de muy bien. Estuvimos hablando de que la gente ya no tiene tantos problemas para aceptar a las personas trans, y que era sorprendente que donde se encuentra una mayor falta de educación (por llamarlo de alguna forma, ya que igual podía decir transfobia) era precisamente entre el personal del hospital. Sin ir más lejos, ella había escuchado a un enfermero referirse a su habitación como «la habitación en la que están los dos chicos que operaron ayer». Y le dieron ganas de tirarle el palo donde se cuelga la bolsita del suero, pero se contuvo.

Cuando volví a casa, estaba cansado, pero contento. Me lo pasé muy bien hablando con mi amigo, nos reimos mucho, y me alegró un montón verlo tan bien. También me da un poco de envidia, pero de la sana, de esa que no hace que uno se vuelva de color verde y desee que algo malo ocurra al envidiado. Es más un sentimiento de ¡yo también quiero!

Me volví también con algo que pensar respecto al personal médico. Debería haber alguna forma de llegar hasta ellos. Quizá la próxima vez que me pase algo similar, aproveche el tiempo que tienen que hacerme pruebas para preguntarles por qué hacen lo que hacen.

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