Archivo diario: 3 octubre, 2009

Oposiciones (II) El viaje.

Como si fuese una película de Tarantino, empiezo en la mitad del argumento, para luego regresar al principio, y, finalmente, llegar a la conclusión, que será… ¡Espero que sea el día que salga la nota del segundo examen! Eso significaría que aprobé el primero…

Lo bueno de la oposición es que, como me fuí a Canarias, al menos tuve la oportunidad de hacer un pequeño viaje. Sí, fui yo solo. Sí, tengo menos dinero que el que se va a bañar, y me lo pasé controlando el gasto hasta el mínimo detalle. Sí, iba algo nervioso por el exámen. Pero sea como sea… fue un viaje al fin y al cabo. Y ha sido la primera vez que salgo de Europa (me refiero a geográficamente hablando).

Mi vuelo salía a las 6:45 de la mañana. Pero claro, hay que estar dos horas antes en el aeropuerto. Y además, iba a dejar el coche en un parking, con lo cual tenía que calcular media hora más. Más dos horas de viaje… Salí de mi casa a las dos de la mañana.

Había dejado el coche cerca de una iglesia. Es una de las iglesias con más devotos de la ciudad, y también una de las preferidas de los anarkistas y ateos. Los anarkistas hacen pintadas en las paredes de la iglesia o alrededores, y los curas las borran, en una eterna lucha entre la luz y la oscuridad, que probablemente no terminará nunca ni tendrá vencedores o vencidos. No sé cual de los dos representa a la luz y cual a la oscuridad, eso lo dejo a la imaginación de cada uno.

Total, que a eso de las dos de la mañana, al llegar a la esquina, veo en la pared de enfrente una pintada nueva: «Engañarse es cuestión de fe». Son muy ingeniosos los anarkistas de por aquí, y no me quedó más remedio que sonreir. Al girar la esquina, encogida cerca de la puerta de la iglesia, había una chica con aspecto abandonado. No pude evitar pensar que necesitaba ayuda, aunque, al mismo tiempo, tuve la sensación de que era el tipo de persona que no se ayuda a si misma. Probablemente estaba borracha, o drogada, o ambas cosas.

Llegué hasta mi coche y busqué las llaves. Entré y, a través del retrovisor vi como un hombre giraba la esquina, obligaba a la chica a levantarse y la zarandeaba, gritándole en alguna lengua eslava (sospecho que no era rumano). Ella no se defendió, ni gritó. Él no le pegó. Yo cerré los seguros del coche. No quiero problemas. Llamadme insolidario, pero lo único que quería era asegurarme de no perder el avión. ¿Debí llamar a la policía? ¿Debí enfrentarme al tipo como un Ernesto Neira cualquiera (con el riesgo de acabar en coma igual que él)? En realidad, ni siquiera sabía lo que estaban diciendo. A lo mejor el hombre era el hermano de la chica, y estaba harto de que robase en casa para drogarse. O a lo mejor era su chulo. Sabe Dios.

Cuando arranqué el coche, el hombre miró en mi dirección y recobró la compostura. Luego, al ver que me marchaba sin más, volvió a zarandear a la chica y medio a rastras se la llevó a un lugar del universo situado de la esquina. Se la llevó medio a rastras, sí, pero no porque ella no quisiera acompañarle, sino porque iba tan colocada que no podía a penas andar.

Después de todo esto no se me quedó muy buen sabor de boca. Pero bueno, teniendo en cuenta que llevaba desde las seis de la tarde intentando dormir algo sin conseguirlo, ya llevaba la boca suficientemente pastosa como para notar una gran diferencia.

La carretera hacia Málaga, como siempre, pero con menos tráfico. Por una vez me alegré de tantos viajes al Carlos Haya, ya que, al conocer de memoria el camino, era imposible que me perdiese. Llevar GPS también ayuda.

Encontré el parking para dejar el coche. A 7 euros el día, la verdad es que merece la pena. La otra opción era ir en autocar hasta Málaga por la tarde, y pasar la noche en el aeropuerto, ya que no quería que nadie se diese la paliza de traerme y llevarme.

Finalmente, el aeropuerto. Como todos los aeropuertos del mundo, aunque este es de los que están diseñados con un poco de mala leche. Mientras que en muchos aeropuertos los bancos son normales y corrientes (es decir, una fila de asientos todos juntos), en el de Málaga cada asiento está «acotado» por dos reposabrazos, debido a lo cual es imposible tumbarse y dormir en ellos. Probablemente lo han hecho así a posta. Sin embargo, con eso no han evitado que la gente duerma en el aeropuerto, sino, simplemente, les obligan a dormir en el suelo. Al parecer yo no era el único que había contemplado la idea de ir en autobús hasta Málaga la tarde de antes y pasar la noche allí.

Aunque no venga al caso, otro de los problemas de poner reposabrazos en los asientos es que las personas obesas no caben, literalmente, o si consiguen embutirse en ellos, lo hacen con mucha incomodidad. Yo, por ejemplo, antes de operarme, habría salido de allí con los muslos bastante doloridos.

Si ser transexual es una putada, ser obeso es putada y media. Yo he tenido la «suerte» de probar las dos cosas, así que puedo comparar…

La cuestión es que tras seguir los trámites habituales subí al avión. Como no había mucha gente, pude viajar solo, en una hilera de tres asientos enteritos para mí. A esas alturas yo tenía un sueño que me moría, y tenía la esperanza de poder dormir en el avión. Es algo que hasta ese momento nunca había hecho, pero… estaba bastante seguro de que en esta ocasión lo conseguiría.

Nada más despegar, un bebé rompió a llorar. Es normal que al despegar los bebes lloren por el cambio de presión, pero se calmen al estabilizarse el avión. Ese debía ser más sensible de lo normal, ya que no dejó de llorar en todo el vuelo. Dos horas y media.

En un momento dado, los padres descubrieron que si lo paseaban, se calmaba. Así que, de las dos horas y media que duró el vuelo, aproximadamente dos se las pasaron caminando por turnos en el pasillo del avión, los pobres. Así consiguieron algo de paz para si mismos y para el resto de pasajeros, y por fin pude dormir.

A cambio de dormir, me perdí un amanecer en el mar visto desde el aire que debió ser espectacular (entre cabezada y cabezada vi algunos rosas y violetas), pero en ese momento lo que menos me importaba eran los paisajes. Además, aún no había llegado.

Cuando nos acercamos a la isla recuperé el interés por los paisajes. Me preguntaba como sería esa isla que todo el mundo dice que es tan bonita. Y sí… es bonita. Altas montañas serradas, con escasisima vegetación, compuesta sobretodo de matojo seco, palmeras ornamentales… Es impresionante ver las formas que la tierra ha adoptado a lo largo de miles de años de acumulación de lava y erosión. Es tan impresionante como mirar Sierra Nevada, las alpujarras, o cualquier otra sierra de la cordillera penibética.

Es curioso como dos orígenes distintos pueden dar lugar a un paisaje idéntico. Gran Canaria es exactamente igual a Granada, sólo que la tierra es ligeramente más oscurita. Tampoco mucho. Y yo que me creí que iba a ver algo nuevo y exótico… vaya decepción.

Como mi hotel estaba diametralmente opuesto a Las Palmas de Gran Canaria (para quien conozca la isla, concretamente en Puerto Rico), que es donde iba a hacer el examen, decidí que alquilar un coche era una buena idea. Por un total de 47 euros (al final fueron un poco más, porque contraté un seguro a todo riesgo, ya que el que iba «de base» no cubría las lunas) tenía coche para tres días. Más no se puede pedir.

Bueno, sí… se puede pedir que el coche sea nuevo, con climatizador, radio-cd, elevalunas eléctrico, cierre centralizado, dirección asistida, 33.000km… o sea, todo lo que no tiene mi coche. Yo que pensaba que por ese precio me darían un coche con ruedas, volante, y un taburete en lugar de asiento… me quedé encantado. Record go, creo que se llamaba la empresa de alquiler de coches, pero si alguien quiere saber el nombre seguro, se lo busco.

El viaje hacia el hotel, estupendo. Hay una autovía que recorre media isla por la costa, y por ahí fuí, todo el rato viendo el mar. En total, tardé unos 50 minutos, y sin rebasar los límites de velocidad (bueno, los rebasé un poquito).

La sensación de estar en una isla es curiosa. Es como si no pudieses perderte porque, vayas donde vayas, al final te encuentras con el mar. El mar está en todas partes, visible de forma casi constante, e incluso cuando no lo ves, lo sientes en el aire. Es raro, sobretodo teniendo en cuenta que yo me he criado en zona costera, y la proximidad del mar es algo que siempre he dado por sentado. ¡Pero es que Gran Canaria es tan pequeña…! Me imagino que en las otras islas, excepto Tenerife, uno no puede dar dos pasos sin mojarse los pies.

Para alojarme había buscado un apartahotel, a 31,50 euros la noche (iba incluido), sólo alojamiento. Los apartahoteles suelen ser cutres, y por ese precio yo me esperaba… pues no sé… una ratonera oscura o algo así. Porque había visto fotos en internet, sí, pero como para fiarse…

Desde luego, no me esperaba un hotel que olía a nuevo, con las habitaciones completamente insonorizadas entre sí, enormes, ya que más que habitaciones en realidad eran suites (para quién no lo sepa, una suite es una habitación con un salón situado en un espacio diferenciado), menaje completo de cocina en perfecto estado de uso, limpio impecable, tarima que parecía que la acababan de poner hacía cinco minutos, una terraza preciosa, con tendedero y todo, y una piscina grandecita, que estaba pidiendo a gritos que te bañaras en ella. ¡Ah! Y, una increible vista del mar.

Si a alguien le están dando ganas de ir, el hotel se llama «Maracaibo», y para conseguir un precio un pelín más barato, hay que comprar unos bonos de hotel que se llaman «Bonoweb», y se encuentran en Ebay a 4 euros 10 talones. Lo curioso es que luego no me cogieron ningún talón, simplemente lo fotocopiaron…

En ningún momento nadie me puso ninguna pega ni cara rara porque el nombre que aparece en mi DNI fuese distinto al nombre que dí a la hora de hacer la reserva.

Para ese momento, aunque estaba alucinando en colores, ya no me importaba ni la playa, ni la piscina, ni el nombre del DNI, ni el tamaño de la habitación. Ya eran las 11:00 hora local, equivalente a las 12:00 en la península, y llevaba nada menos que diez horas de viaje. Lo que quería era dormir…

El colchón, por cierto, era nuevo y tenía la firmeza perfecta. Y aunque hubiese tenido chinches, habría dormido como un tronco.

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