Archivo diario: 22 julio, 2009

Conjuntos difusos.

Desde hace unas semanas vengo participando dentro de un grupo informal en el que se está desarrollando una bonita teoria respecto a la construcción del género.

Lo cierto es que me hace mucha ilusión haber encontrado a estas personas, con las que por fin he dejado de sentirme un bicho raro debido a mis ideas respecto a lo que son los hombres, lo que son las mujeres, y como se define cada uno.

Antes pensaba que el género no tenía sentido. Mi opinión era que los hombres y las mujeres somos iguales, y nadie consiguió hacerme ver lo contrario, igual que yo no logré que nadie llegase a compartir mi opinión. Este tipo de consideraciones me llevó a sostener debates amistosos largos e interesantes, que jamás acabaron en pelea o disgusto, aunque debo reconocer que a veces me enfadaba un poco.

Después descubrí que no es que los hombres y las mujeres fuésemos iguales… es que yo era igual que un hombre. Digo “descubrí” porque, aunque siempre supe que no era una mujer, trataba de ocultarme a mi mismo el hecho de que en realidad era un hombre. Es curioso como una persona puede autoengañarse en aras de conservar una cierta estabilidad.

La cuestión es que a partir del momento en que comencé a asumir ante mi mismo una identidad masculina, también tuve que admitirme que los hombres y mujeres no somos iguales, simplemente porque yo no soy igual que una mujer. A veces me dan ganas de llamar a algunas personas con las que he perdido el contacto sólo para decirles que al final me he dado cuenta de que ellos llevaban razón.

Sin embargo, esta conclusión no me gusta. Me niego a aceptar que hay hombres, hay mujeres, y ya está. Que unos son diferentes de otros, e iguales entre si. Con tanta gente como hay, cada uno con sus manías, con sus vicios y virtudes… ¿cómo puedo aceptar que solo hay dos clases de personas?

Pero, por otra parte, el ser humano necesito organizar el mundo de manera que lo entienda. Nuestro cerebro no puede abarcar la realidad entera, y necesita fraccionarla y dividirla para comprenderla y poder trabajar con ella. Las cosas inhapreensibles, como el concepto de infinito, quedan en un plano abstracto, teórico, que no podemos manejar.

Es necesario, por tanto, buscar formas de simplificar las cosas, encontrar generalizaciones que nos ayuden a relacionarnos con las demás personas, y a saber qué hacer y como comportarnos en cada circunstancia. Nadie que esté en su sano juicio quiere resultar desagradable ni ofensivo.

El problema con el sistema de género binario es que es demasiado rígido y no permite la exclusión. Existe una serie de pautas que hace falta cumplir para ser hombre o mujer, y que, además, todo el mundo debe cumplir, puesto que la posibilidad de que alguien no las cumpla, no está contemplada. Es necesario ser una cosa u otra, y quién no lo sea, verá como a su alrededor se producen circunstancias incómodas, no ya porque exista una intolerancia hacia quienes no encajan perfectamente en el modelo (que la hay), sino, simplemente, porque no existen normas y generalizaciones para tratar correctamente a estas personas. Es como quién va caminando por un camino, y, de repente, encuentra que el suelo ha desaparecido bajo sus pies. Se cae.

Una solución aparentemente buena sería la integración en el sistema de género de un “tercer género”, de manera que la cosa quedase como “hombres, mujeres y otros”. Todo el que no cupiera en las dos primeras categorías, entraría en la última. Pero… ¿dónde nos dejaría esto? ¿No seríamos como una coalición de personas dispares con la que nadie sabría qué hacer? Admitiendo que un tercer género pudiese integrarse de verdad en nuestra sociedad, sin nigún tipo de discriminación ¿Quién nos dice que tres es número suficiente?

Lo que es más, un sistema “trinario” no solucionaría el problema de la rigidez de criterios a la hora de asignar a las personas a un grupo u otro. Esto sería especial y dolorosamente cierto para las personas transexuales.

Recordemos que la mayoría de las personas transexuales somos personas que, en base a ciertos criterios hemos sido asignados a un grupo u otro (hombres o mujeres), pero dicha asignación no nos satisface. Nosotros queremos estar en el otro grupo, o quizá en ninguno de ellos. En un sistema “trinario”, las personas transexuales seríamos asignadas de manera automática al grupo “otros”, llamémoslo “trans-intersex”. Es decir, una persona que, por ejemplo estuvieses inicialmente asignada al grupo “mujer”, pero que desea formar parte del grupo “hombre”, jamás podría conseguirlo. El sistema “trinario” no sólo no beneficiaría a este tipo de personas, sino que les perjudicaría, erigiendo el grupo “trans-intersex” como una barrera infranqueable que le impediría llegar a integrarse dentro de la clasificación que realmente desea.

Veo que el concepto de “conjuntos difusos” como nuevo modelo de sistema de género, puede venir a solucionar esta cuestión. El sistema de conjuntos difusos, propone crear un número indeterminado de conjuntos que respondan a una serie de criterios lo suficientemente abiertos como para que una misma persona pueda pertenecer a dos o más conjuntos a la vez, o a uno sólo, aunque no cumpla todos los requisitos, e incluso tenga características de algún otro.

Sin embargo, la concepción de este nuevo sistema va a tener que afrontar un reto importante para poder llegar a ser una realidad. Ha de ser flexible y general, sí, pero al mismo tiempo suficientemente concreto como para que cada cual pueda encontrar su sitio, inequívoco, en cada momento, y tenga herramientas para comunicar a los demás cual es ese lugar.

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