Archivo diario: 7 noviembre, 2008

Un poco de azucar.

A veces hay pequeños detalles que sirven para endulzarnos la vida como quién le echa azucar al café. Son terroncitos de belleza, de justicia, de alegría, de suerte, que nos hacen reconciliarnos con la vida, y son tan importantes que hay gente que incluso llega a considerarlos como señales de que dios existe.

El miércoles tuve un día simpático, lleno de estos pequeños detalles sin importancia, de los que no hablas cuando los amigos te preguntan cómo estás. Digamos que me levanté con el pie derecho y lo disfruté.

Lo primero, nada más levantarme, mientras desayunaba, fue enterarme de la victoria de Obama en los EE.UU. No es que eso vaya a cambiar mi vida ni nada similar, pero bueno… que en el país más poderoso del mundo, que nunca se ha caracterizado por su generosidad hacia los negros, los pobres, los inmigrantes, etc… gobierne un negro significa que, después de todo, es posible que el mundo no esté cambiando a peor, como opina mucha gente, si no a mejor.

Después cogí el coche y me fuí a Granada. Tuve algunos problemas para cobrar el cheque de mi finiquito y me ex-jefe me dijo que fuese a verlo para resolverlos, así que, aunque maldita la gana que tenía, no me quedó más remedio que hacerme otro viajecito a la capital. Sin embargo, cuando estaba a mitad de camino, me llevé una sorpresa que compensó el esfuerzo: vi el arcoiris más grande, definido, colorido y cercano que jamás haya encontrado en mi vida. Era como si pudiese tocarlo con la mano, como si un pintor lo hubiese dibujado en el aire. ¡¡¡Nunca imaginé que vería algo así!!!

Pero las sorpresas agradables no acabaron ahí. Cuando entré en la oficina y pregunté por el que había sido mi jefe, la secretaria me dijo que «ya no estaba». O sea, que han despedido al que me despidió a mi. Es decir, que no estaba haciendo las cosas tan bien como él pensaba y quizá, sólo quizá, uno de sus errores fue no darme la oportunidad de crecer y aprender a ser un buen comercial. Está mal alegrarse de las desgracias ajenas, pero en este caso… que se joda por prepotente.

A partir de ahí todo empezó a ir de bien en mejor. No me resolvieron el problema con el cheque, pero me dijeron que otras personas lo habían cobrado sin ninguna dificultad, y me dieron el número de alguien de Madrid para que llamase en caso de tener algún problema. De todos modos, mi amiga E.S. ya me había explicado un método alternativo de cobrar el cheque saltándome a la cajera malafollá que me lo echó para atrás, y al día siguiente, cuando lo hice, me salió bien y sin problemas.

Fui a ver a July y Andre a su tienda y, a medida que avanzaba por las calles de Granada, los semáforos se iban poniendo en verde. Casi no había tráfico, y en cuanto llegué, encontré un aparcamiento tan bueno, que estuve bastante mosqueado, pensando que allí había gato encerrado y que en algún momento vendría la grua a llevarse mi coche. Pero no, era un aparcamiento de verdad, enterito para mi.

Algo similar se repitió cuando volví a mi casa. La carretera, libre de tráfico pesado. Un hueco para aparcar (eso sí, pequeño y estrecho, pero aun así no me voy a quejar), y aún quedaba por delante la noche, en la que tenía pendiente participar en un juego que me interesaba mucho y que finalmente cumplió con mis espectativas.

Sólo hubo una nota disonante en todo el día, y es que por la noche mi padre tuvo que obsequiarme con una de sus bonitas demostraciones de poder. En ese momento me cabreé bastante, pero en lugar de pelearme con él, fui flexible y me aguanté con mi enfado. Y es que a veces a los padres no queda más remedio que permitirles hacer ese tipo de cosas…

La buena racha no se quedó ahí. El jueves me levanté con un mensaje de E.S. que empezaba con mi nombre, y viniendo de ella, y sabiendo el esfuerzo que le cuesta, para mi fue como un abrazo (un día de estos escribiré sobre la importancia del nombre para las personas transexuales). Pude cobrar, por fin, el cheque del finiquito. La tarde en el trabajo fue cómoda, aunque no vendí demasiado, pero al menos pude estudiar. Y por la noche, una nueva sesión de juegos de rol durante la que recibí una «recompensa» que me ha costado dos años de roleo (claro que teniendo en cuenta que esto lo hago por gusto, realmente no es necesaria recompensa alguna).

Hoy el día también tiene buena pinta. No sé por qué, pero a veces las cosas parecen venir en rachas: «rachas buenas» y «rachas malas». O a lo mejor, si cada día nos parasemos a mirar en la dirección adecuada, siempre encontraríamos un pequeño terrón de azucar para endulzar nuestra vida.

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