Post “post-exámenes”

Esta vez ha sido jodio. Me diréis que esa no es ninguna novedad, que siempre es jodido. Sin ir más lejos, en la última evaluación de febrero, dos días antes de que mis padres me echaran de casa, recuerdo que iba andando a la tienda y tuve que pararme a mitad de camino, totalmente mareado y sintiendo que mi cuerpo hacía sonar la señal de alarma: si no bajaba el ritmo, algo malo iba a suceder. Estar jodido era mi día a día. Luego, la gran discusión, buscar un piso nuevo, decidir qué sacaba de casa y qué me llevaba (porque algo me decía que mis padres iban a cambiar la cerradura, y si me dejaba algo importante allí,  ya no lo podría recuperar), y luego, qué cosas se tendrían que quedar en España (en casa de M. que amablemente me las está guardando) y qué cosas me podría traer a Reino Unido… Fue jodido, pero aprobé. Y seguí estudiando. A partir de entonces, todo ha sido mucho mejor para mí, pero aun así, la cosa estaba jodida de cara a la próxima evaluación. Desde febrero he estudiado en: la cama estrecha, pero confortable, de la casa de G., la señora rusa que me alquiló una habitación, y luego convirtió la cama en una cama doble, cuando K. venía a visitarme, prestándome otra cama individual que era de su hijo, pero que ya nadie usaba porque él se había ido a Rusia. He estudiado en el comodísimo sofá cama de la casa de mi hermana, en Wallasey, y en la maravillosa Central Library de Liverpool (una de las bibliotecas más agradables que he visitado, capaz de mezclar valor histórico con usabilidad en el presente), en el colchón puesto en el suelo de la acogedora habitación de Lara, que me dejó quedarme con ella durante un mes, en el escritorio (¡Por fin un sitio apropiado para estudiar, después de tanto tiempo rodando de cama en cama!) de mi nuevo y confortable piso, y en una habitación cochambrosa de un Bed & Breakfast de Londres, donde estuve repasando antes del exámen de Derecho Penal. En el sofá de Carlos, que también me acogió durante unos días, junto a su fantástica familia, y me ayudó a encontrar (y a conservar) el trabajo que ahora tengo, no tuve tiempo de estudiar. He cargado los libros a mi espalda a través de estaciones de autobuses, trenes y aeropuertos. El recorrido de mi viaje se ha ido plasmando también en ellos: manchas de restos de los bocadillos, arrugas y dobleces, y los folios subrayados con distintos bolígrafos y rotuladores, a medida que se me iban terminando los que tenía y no sabía dónde comprar más. Sin embargo, una vez más, he salido contento de los exámenes. Decidí dejar de estudiar Derecho Eclesiástico, la más fácil y bonita de las asignaturas que tenía para este cuatrimestre (al contrario de lo que cabe esperar por su nombre, pero el nombre es engañoso), y dedicarme a las otras dos: Derecho Penal, muy difícil por lo extensa, y de Derecho Financiero y Tributario, muy fea, y que si consigo aprobar será sólo gracias a que uno de los profesores se tomó la molestia de grabar 25 videoclases de una media hora de duración, gracias a las cuales por fin conseguí enterar más o menos de qué iba la película. Para poder prepararme y hacer los exámenes, por primera vez, no he tenido que faltar al trabajo: pedí vacaciones, y me las dieron. Es la primera vez en 12 años que alguien me paga sin trabajar, aparte de cuando estuve de baja por la operación del año pasado. Las vacaciones molan, incluso cuando son sólo para estudiar hasta que ya no puedes más. El regreso a la vida cotidiana tampoco fue muy fácil, ya que no era el único en la tienda que había decidido tomar vacaciones, y los pocos que quedábamos tuvimos que cubrir las horas de los que no estaban. Hoy por ti, mañana por mí… en 7 días, trabajé 74 horas. Eso son entre 10 y 11 horas al día, todos los días, sin descansar. Cuando por fin tuve mi primer día libre, empecé a contar hacia atrás cuanto tiempo llevaba sin tener un rato para no hacer nada. Un rato para, dedicarme, simplemente, a tomar el sol. Llevaba 7 días trabajando sin parar, pero los días de “vacaciones” habían sido para los exámenes. Antes de eso, ya habíamos tenido unos días extra de estrés en el trabajo, y todo el mes me lo había pasado preparándome los exámenes como un loco. El mes anterior, estresado buscando piso, y con el nuevo trabajo. El mes de antes, buscando trabajo. El mes de antes, cerrando la tienda, y con los exámenes de febrero… ¿Cuándo había sido la última vez que realmente había tenido la oportunidad de relajarme sin tener ninguna preocupación? Mi memoria me llevó a algún punto, 6 años atrás, dopado de Prozac, estudiando a tope una oposición que sabía que no aprobaría porque las plazas iban a ir a manos de otra que nunca había aprobado la oposición, pero llevaba años dando clase, mientras que yo, aprobado sin plaza, tenido la oportunidad de trabajar como profesor ni una sola hora. En aquella época, compaginaba la oposición con el trabajo en la tienda de mi madre, que comenzaba a resentirse a causa de la incipiente crisis. Cada mañana me levantaba sintiendo que me ponía un disfraz, que mi cuerpo y mi cara eran el disfraz, y que nadie a mi alrededor me conocía. Vivía entre la angustia de no poder ser yo mismo, y el miedo a lo que podría pasar si decidía serlo. El último momento de descanso auténtico que he podido tener hasta ahora tuvo que ser anterior a ese momento, seis años atrás, porque después de eso tomé una decisión que hizo que todo se volviese más difícil aún. Se abrió una época en la que se cumplieron mis peores expectativas, mis peores miedos, pero al mismo tiempo conseguí llegar mucho más allá de mis mejores sueños… hasta ahora seis años después. El primer día en que por fin podía sentarme a tomar el sol, sin ninguna preocupación en la cabeza.

6 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos, Reflexiones

Crear un minuto de felicidad

Hoy vino una chica trans a la tienda. En el trabajo, estábamos muy ocupados, preparando las cosas para el inicio de la temporada de verano. Mientras un compañero se afanaba haciendo un nuevo pedido, yo me acercaba a comprobar el precio de las nuevas camisetas que debía marcar. En la calle, llovía seriamente. No esta lluvia fina, tan habitual en Edimburgo, que a penas cala, sino una lluvia de verdad, de las que dan ganas de asomarse a la calle, simplemente a ver llover.

Entonces entró ella, a preguntar cuando valía un paraguas. La voz la delató a la primera como mujer trans, y a partir de ahí, no necesité más que un vistazo rápido. Le dije el precio y ella me dijo, en inglés, que no hablaba inglés. Por el acento y el color, pensé que podría ser sudamericana.

- ¿Español? – le pregunté

- Sí – dijo ella.

Volví a repetirle el precio en español, mientras me preguntaba si debía contarle que yo también soy trans. Quería contarle que, de algún modo, la conocía. Quería decirle que aquel era un lugar seguro,  donde no tenía que preocuparse de su voz, donde nadie le iba a tratar con el género equivocado, porque veía el temor en sus ojos, en su gesto recogido, en el esfuerzo para que su voz sonara bien.

Pero si se lo hubiese dicho, habría sido como declarar que se le nota lo trans. Ella lo sabe, claro, y no sólo porque seguro que en su casa tiene un espejo, sino porque probablemente todo el mundo se empeña en recordárselo una y otra vez, de las maneras más desagradables. Porque cuando eres una mujer trans, y se nota, no existe ningún lugar seguro.

Por eso, decidí callarme. Decidí hacer una cosa mejor.

- Bueno… español no. Mejor dicho, española – aclaré al cabo de un momento, mientras mi compañero terminaba de hacer su pedido,  pensando que ella podría estar preguntándose si me refería a que si hablaba español (que era lo que quería preguntar), o si me refería a que si era español. Ella sonrió, y yo volví a rectificarme a mí mismo -. Bueno, española tampoco. Lo que quería decir es que hablas español ¿De donde eres?

- De Brasil ¿y tú?

- ¡Hala, que lejos! Yo soy de España, del sur…

Hablamos de banalidades un poco más. “D. can you take this lady? She is buying a umbrella.”, pregunté a mi compañero cuando terminó de lo suyo. Estaba tan absorto que ni se había dado cuenta de que teníamos a una clienta esperando para pagar.

Un minuto después, ella se fue con su paraguas y una gran sonrisa que no tenía cuando entró, porque para las personas trans, hay pocas cosas que nos hagan tan felices como que se nos reconozca como somos realmente, sin tratar de imponernos otra identidad, sin dudas y sin peros. Yo también continué trabajando con una sonrisa, sintiéndome bien, aunque en realidad hice lo mismo que habría hecho con cualquier otra clienta. Sin embargo, sé que lo que para las demás mujeres no es más que lo normal, para ella quizá fuese un poco de esperanza. Me alegré de haber estado hoy trabajando para ella, para venderle su paraguas.

7 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Inmigrante feliz

Cuando llevaba tres semanas en Liverpool decidí hacer caso a mi amigo Carlos y darme una vuelta por Edimburgo. “Aquí hay muchos sitios que tienen carteles en el escaparate buscando gente”, me explicó Carlos, “y en verano las tiendas abren desde las 8 a las 11 de la noche, así que ahora están buscando gente para la temporada alta, y es más fácil que encuentres un trabajo. Así tendrás tiempo para ir buscando otra cosa para el invierno”.

Carlos es uno de los amigos que lleva años diciéndome “vente pa’ Edimburgo, Pablo” (versión actual del “vente pa’ Alemania, Pepe“), así que le hice caso. Además, me dejaba quedarme en el sofá de su casa, que, por lo que me ha contado, ya ha tenido varios inquilinos que estaban más o menos “homeless” como yo.

Aún así, sólo fui a Edimburgo tres días, para no molestarle mucho. Con su ayuda, hicimos una batida por la zona centro y dejé unos 25 currículums, además de recolectar anuncios para solicitar el puesto por internet, más adelante. Dedicamos poco más de una mañana a la cuestión, por la tarde descansamos, y al día siguiente me volví.

Una semana más tarde, justo después de que escribiese la anterior entrada, el teléfono sonó. Era un sábado por la mañana y tenía previsto dedicarlo a mover muebles dentro de casa, pero el timbre del teléfono me despertó antes de que pudiese hacer nada. La persona que llamaba me quería hacer una entrevista ese mismo día, pero ese día yo no podía ir… porque estaba a 350 km de Edimburgo. Así que le pedí ir al día siguiente, y así lo hice.

Dividí las pocas pertenencias que tenía en las más fundamentales, e hice una maleta que lo mismo podía servir para equipaje de una semana, que para equipaje indefinido. Algo me decía que iba a conseguir el trabajo, así que mejor ir preparado, pero no demasiado bien preparado, por si acaso no me lo daban, que no me sintiera demasiado idiota.

El trabajo era en una tienda de souvenirs de la Royal Mile de Edimburgo. Como mi inglés no es muy bueno, no me enteré demasiado bien de la dirección, pero de nuevo mi amigo Carlos vino en mi auxilió y me dijo donde era (Carlos es una especie de guía Michelín de Edimburgo: lo sabe todo), aunque esta vez me quedé en casa de mi amiga Lara, que es otra de las que me decían que me dejara de hacer el imbécil en España y fuese tirando para acá.

Llegué a la tienda a las 10:15, aunque mi cita era a las 10:30, y vi como la abrían. Para disimular, me metí en la tienda de al lado hasta las 10:30, que volví a salir. Había cuantro personas muy atareadas, y la mánager se olvidaba de entrevistarme constantemente. Finalmente, me hizo una entrevista de unos 5 minutos, en la que hablamos de mi experiencia, y me pidió que volviera a las 13:00, ya que el jefe estaría por allí.

“Vaya huevos”, pensé para mí, pero por otra parte me dije: “si me pide que vuelva, será que le he gustado”. Así que con esa esperanza, volví a la 13:00. Una vez más, todos estaban muy atareados, pero aún así, conseguí darme cuenta de que el chico que estaba en la caja era español, y le pregunté qué tal eran los jefes, cómo se estaba en la empresa, y demás. Él me dijo que eran todos muy majos, y que en la empresa se estaba bien, pero que a él le iban a cambiar de tienda, y además su turno terminaba ya, así que estaba deseando irse.

Sin embargo, había un problema: la manager no tenía a nadie para cubrir su puesto, y mientras yo esperaba para que me hicieran una segunda entrevista con el jefe, la veía ir de aquí para allá, llamando por teléfono y hablando con un señor que yo me imaginé que debía ser el jefe (y efectivamente, lo era). De repente, se volvió hacia mí y me dijo “Tú me has dicho que tienes experiencia ¿Quieres trabajar?”. Obviamente le dije que sí, y de buenas a primeras, con un minicursillo acelerado de 5 minutos, me vi en la caja atendiendo a la gente. Así, sin anestesia ni nada.

“El trabajo es sólo para una semana”, me explicó la mánager, “pero si me quedo contenta, a lo mejor te puedes quedar más, o te puedo recomendar para que trabajes en otra tienda ¿Te parece bien?”. “Claro que sí”, le respondí. Y desde entonces, trabajo ahí.

Dicho sea de paso, la verdad es que el chico español debió pensar “para lo que me queda de estar en el convento, me cago dentro”, y la noche anterior había estado de juerga. Se presentó en el trabajo con un resacón del 15, y apestando a whisky, pero como lo cambiaban de tienda, ya que se iba con el manager anterior, le daba igual.

Mi primera semana fue mortal. Estábamos abriendo una tienda nueva, que en realidad no era nueva, pero había estado mal gestionada anteriormente, y había mucho que hacer. Trabajé 62 horas, de manera muy intensa, pero me pagaron todas y cada una de ellas. En una semana gané más o menos lo mismo que en un mes de trabajo en España, con dos trabajos. A partir de la segunda semana, ya tenemos un horario normal, con 40 – 45 horas a la semana, y un ritmo más relajado, que a veces llega a ser hasta aburrido.

El trabajo, la verdad, me gusta mucho. Los clientes son turistas que vienen contentos a pasarlo bien, no españoles amargados que si pudieran te sacarían hasta la sangre. Los españoles que vienen están encantados de encontrarse con otro compatriota (aunque en realidad aquí hay españoles por todas partes, hay españoles hasta en la sopa, y sobre todo, los hay en las tiendas de souvenirs), y nadie es desagradable. Todos los compañeros de trabajo son super simpáticos, y el equipo es muy internacional: la jefa es japonesa, y los demás somos, un mexicano, una estadounidense, un chico italiano, y otra italiana que no trabaja siempre en la empresa, porque no le gusta demasiado. No hay escoceses, principalmente porque ningún escocés viene a pedir trabajo a este tipo de tiendas. Como suele ocurrir, los inmigrantes hacemos el trabajo que los del país no quieren hacer, pero, la verdad, yo estoy contento con lo que hago, así que no me voy a quejar.

El resumen de mi búsqueda de trabajo es:

Tiempo en encontrar trabajo desde que llegué al país: un mes justo.

Número de currículums dejados: incontables.

Entrevistas realizadas: 2

Tiempo empleado en la búsqueda de trabajo en Edimburgo: 1 mañana

Reconozco que he tenido tres ventajas fundamentales: amigos y familia que me han ayudado desde el principio, un nivel alto de inglés (que al llegar aquí se convirtió en a penas suficiente, aunque hay gente que habla peor que yo, y también tienen trabajos que les gustan), y mucha suerte. Llegué en el momento adecuado al lugar adecuado.

Me siento muy feliz. Por primera vez en años, tengo un salario que me permite vivir como una persona, y no me paso los días y las noches contando céntimos, preguntándome cómo voy a pagar las facturas, o si podré comprar comida mañana. Hago algo que me gusta, y luego me sobra tiempo para dedicarlo a otras cosas que también me gustan, como la.trans.tienda, escribir o estudiar. Puede que este invierno aprenda a coser a máquina. Vivo en una de las ciudades más bellas de Europa, y tengo amigos con los que disfrutarla. Sólo falta que K. venga aquí, para que todo sea perfecto, y eso ocurrirá dentro de dos meses.

Mi único miedo, la única preocupación, es que todo parece demasiado bueno para ser verdad. Cuanto mejor me encuentro, más miedo siento de que ocurra una nueva catástrofe que me tire todo al suelo y tenga que empezar de cero por tercera vez. Es un temor irracional, que se me engancha en el estómago, y al pecho, acompañado por una vocecilla que me susurra que no merezco nada de esto, y que pronto en el trabajo se darán cuenta de que pueden encontrar a alguien mejor y me despedirán. Una voz que no es más que el eco de otras voces reales que durante años me han estado diciendo que yo no servía para nada, y que siempre tendría que estar “chupándole” a alguien sus recursos para poder vivir. Unas voces que debo aprender a olvidar, ya que no pienso permitir que nadie vuelva a decirme tal cosa nunca más.

En las siguientes entradas hablaré de mis aventuras para conseguir la testosterona (y la aguja, que casi fue peor), y cómo he aumentado mi nivel de vida al comprar una cafetera. También hablaré sobre mi nuevo apartamento, y cómo pasé de ser un okupa de los colchones y sofás de mi hermana y amigos, a un arrendatario con todas las de la ley (aquí les llaman “tenant”, es decir “teniente”).

12 comentarios

Archivado bajo Autoempleo, Cambios, Reflexiones

…y abierto

El día 12 de abril hace un mes que llegué a Reino Unido.

El primer día, me quedé en casa, descansando y organizando las pocas cosas que traía. Además, debía averiguar cómo cumplir las tareas que me había planteado que debían ser las primeras al llegar a este país: conseguir un número de teléfono (eso me lo solucionó mi hermana), abrir una cuenta de banco (en Barclays está chupado, no te piden nada), solicitar el número de la seguridad social, para poder trabajar (en realidad no es imprescindible, puedes trabajar todo lo que quieras sin número de la seguridad social, sólo que no podrás cobrar. Sin embargo, muchas empresas exigen que tengas el número de la seguridad social antes de contratarte), conseguir cita para un médico, para continuar mi tratamiento hormonal, y, por supuesto, empezar a buscar trabajo. También debí haberme dado de alta en el consulado español, pero no lo hice (a ver si me pongo con ello).

Foto: Pablo Vergara. Compartida con licencia CC 2.0. – No uso comercial – Atribución.

Sin embargo, decidí que por una vez, y sin que sirva de precedente, no me iba a estresar. Por la mañana, salí a pasear a la perrita de mi hermana. Siguiendo su consejo, me acerqué al río (creo que no es un río, sino una ría) que separa Liverpool de Wallasey, el pueblo en el que vivo (tampoco es que sea un auténtico pueblo, sino, más bien, una ciudad dormitorio). En ese momento la marea estaba baja, y así pude bajar yo también. Este fue el paisaje que me encontré. Acaba de pasar de la incipiente primavera española, al final del invierno inglés. Sin embargo, el paisaje, era a la vez tan bello y melancólico que no lamenté el cambio de estación ni por un instante.

Lo primero que sentí al llegar aquí fue que de repente tenía todas las oportunidades del mundo, ahí, dispuestas delante de mí. España es un país en el que la libertad ha sido eliminada casi por completo, de forma rápida y sistemática, pero suficientemente gradual como para, al menos, darnos tiempo para ir acostumbrándonos a ello.

- Me han puesto una multa de 300€ – le dije a una amiga, que lleva dos años viviendo en Edimburgo.

- ¿Qué locura hiciste? ¿No te habrás comido un bocadillo en la calle? – respondió ella.

- No, eso ni se me ocurriría.

Este es el mejor resumen de la situación en España, donde cualquier comportamiento cotidiano, por no hablar de la libertad de expresión, ha quedado proscrito y sujeto a graves sanciones administrativas que pueden llegar a ser peores que una condena en la cárcel.

Cuando llegué a Liverpool, de repente sentí que la carga de prohibiciones y cautelas que la legislación española había establecido sobre mí (no como persona trans, sino como ciudadano) se levantaba. Aquí puedo comer tantos bocadillos como quiera en la calle (de hecho, lo hago habitualmente, y también como frutas), incluso hay gente que canta en la calle sin tener que pasar un examen, ni arriesgarse a que le pongan una multa que le va a dejar sin comer un mes (como a mí la multa de 300€).

Aquí, cualquiera puede trabajar tanto como quiera. La filosofía de este país parece ser “tú trabaja tanto como quieras, que si ganas dinero ya veremos cómo hacer para que pagues los impuestos”. En España, es justo al contrario “tú paga primero los impuestos, que luego ya veremos si puedes trabajar y ganar dinero, o no”. Los primero días, cada vez que hacía una nueva venta, pensaba “¿Todo el dinero es para mí? ¿De verdad?” Y sí, lo es.

Aquí, por las mañanas hay muy poca gente en las calles, y muy pocos coches en los barrios residenciales: la mayoría de la gente está trabajando, y los que no trabajan es, probablemente, porque tienen un turno de trabajo distinto.

Hay ofertas de trabajo. Dedico horas y horas a presentar mi currículum. Tengo oportunidades de conseguir trabajo, porque el trabajo existe. Además, el trabajo se hace en condiciones humanas. Los trabajadores se ven relajados y descansados, de buen humor. Todo el mundo es increiblemente simpático y servicial.

Se vive mejor. La gente tiene vida de persona.

Abrir una cuenta bancaria fue muy sencillo. Hay bancos que te ponen algunas pegas, pero en Barclays no. Se conforman con que les des un documento de identidad. Darme de alta en un centro médico, una vez que me llegó la primera carta del banco, que sirve como prueba de residencia, también fue sencillo. La tarjeta sanitaria europea no sirve absolutamente para nada. Aquí atienden a todo el mundo, o al menos, a todos los ciudadanos europeos, independientemente de si tienen un trabajo o no. La gente no se muere por falta de atención sanitaria.

Entenderme con los ingleses, es un poco más difícil, en parte porque el acento de aquí es muy cerrado. Después de un mes, me frustra notar que todavía hay mucha gente a la que a penas entiendo, y hablar por teléfono es casi imposible, pero al menos estoy haciendo progresos.

No he dejado de escribir. De hecho, estoy escribiendo más que nunca, sólo que estoy concentrando mi esfuerzo en dos áreas distintas: el blog de la.trans.tienda (aunque es un poco menos personal que este), y mi libro. He dejado un poco de lado el libro de ficción que estaba escribiendo (de lado, pero no olvidado), para empezar a trabajar en otro proyecto que me habían pedido varias personas: el “blook de la transtienda”. De todas formas, quiero seguir escribiendo aquí, y trataré de encontrar más tiempo para hacerlo.

4 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

Cerrado…

El día 26 de febrero fue el último día que trabajé en la tienda. Fue el último día de la ferretería. Casualmente, aproximadamente por estas fechas, cumplía 30 años abierta.

La liquidación ha ido bastante bien, para lo que se está vendiendo en esta época, y más teniendo en cuenta que en febrero siempre he venido teniendo pérdidas. Los primeros días, cuando puse el cartel de “ofertas por liquidación”, mucha gente se interesó. La última semana, los que querían comprar ya habían comprado, y los artículos más interesantes ya se habían terminado. Los últimos dos días, tan sólo venían personas miserables, que parecía que en lugar de comprar artículos de ferretería pretendían comprar mi dignidad.

Todo tiene un precio, incluso las cosas que se venden en un negocio que va a cerrar. Normalmente, cuando se dice que todo tiene un precio, significa que es posible comprar cualquier cosa, o persona, si pagas suficiente. En este caso, es del revés: la gente pretendía que les regalara todo, sin pagar nada. Como buitres que se acercan a un animal moribundo (yo) y comienzan a arrancar la carne antes de que haya muerto. Así me sentía.

Posiblemente ese deseo de aprovecharse del otro hasta la extenuación es una de las muchas causas que han llevado, y seguirán llevando, a este país a la ruina. No es que la clase política sea corrupta: es que la mayoría de la gente no es corrupta porque nadie le ha ofrecido la posibilidad de corromperse. Si pudiesen, robarían tanto o más que los que ya nos están robando. La única diferencia es que no nacieron en el lugar adecuado, o les falta inteligencia y capacidad para llegar hasta ese lugar.

Por suerte, mucha otra gente no es así. Un par de señoras mayores casi se echan a llorar cuando les dije que me iba “Hijo, que tengas buena suerte. Si es para mejor…”, me desearon. Echaré de menos al señor gitano que me vendía la fruta muy barata, y encima, le pedía un kilo y me ponía más de dos. Aunque había sido cliente desde hacía muchos años, empezamos a hablar a raíz de un altercado que tuve con un pariente suyo. Aquel día, iban él y su pariente (o quizá su compadre, pero pienso que eran parientes porque se parecían mucho), y el otro me habló en femenino insistentemente. Terminé por enfadarme y se marchó sin comprar (¡Pero el negocio ya iba mal antes de que yo llegara!), aunque aquel señor se fue abochornado, tratando de calmar al otro. Unos días más tarde, el que me vendía la fruta volvió, y yo le traté bien, sin mencionar el incidente, y desde entonces, hablábamos de muchas cosas. Es un hombre muy agradable.

Muchas otras personas compraron cosas por ayudarme, aunque no les hacía falta. Hasta los padres de K., que vinieron de Almería por otro motivo, se llevaron el coche lleno de cosas que realmente no necesitan. Echaré de menos al viejecillo del sombrero, que siempre que pasaba me saludaba en portugués (había vivido en Brasil), y a la señora del pañuelo, y a la gente de la panadería de la esquina, y al chino, y al moro, que aunque me hacían la competencia eran muy majos.

Los últimos dos días yo ya no tenía paciencia para aguantar mucho a los otros, a los carroñeros. Alguno se llevó una sorpresa al descubrir que no puedes comprar a una persona por menos de dos euros, ni siquiera a una persona que se encuentra en situación complicada, y se marchó a su casa enfadado, dejándome a mí un poco más contento.

Gracias a ellos, no me dio casi pena tener que cerrar. Es verdad que mientras estaba dándome de baja en hacienda y en la seguridad tenía un pequeño pellizco en el corazón, pero el pensamiento más importante era que ya no iba a tener que aguantar a más gente miserable.

También pensaba que ese sería el último mes que tendría que pagar 261€ mensuales por trabajar. La cuota de la seguridad social en Reino Unido es mucho más baja, y no pagas nada hasta que no ganas más de 500€ mensuales (una cantidad que yo no he ganado desde hace años). Sólo me falta hacer una declaración trimestral de la renta, que se lleva el 20% de lo poco que me queda después de pagar la seguridad social, aunque luego me lo devuelvan el año que viene.

Pagar la cuota de la seguridad social era una de mis principales preocupaciones. Desde el día 1 hasta el día 25 me preguntaba cómo lo iba a hacer. Se convirtió en una especie de pensamiento reflejo, que regresaba una y otra vez, pero a partir del día 1 de marzo, cada vez que aparecía en mi mente me daba cuenta de que eso ya no sería ningún problema nunca más, y sentía un  gran alivio.

A partir de ahí, fui cerrando etapas. Cuando puse el cartel de “cerrado” en la tienda pensé “esto ya no tiene vuelta atrás”, pero algo me decía que sí. Si quería volver allí, no tenía más que levantarme de la cama al día siguiente, quitar el cartel, y explicar a mis clientes que me lo había pensado mejor. Cuando le dije a mi compañera de piso que me iba el día 11, y ella me preguntó “¿Seguro?”, sentí que se cerraba otra puerta. Si ella encontraba a alguien, yo ya no podría seguir quedándome allí. Pero algo me decía que si no lo encontraba, aún podía cambiar de opinión. Darme de baja de hacienda y la seguridad social era otro punto de no retorno, pero sabía que siempre podía volver a darme de alta al día siguiente, sin problema.

La semana siguiente estuve cambiando el nombre en los títulos académicos. Todavía me quedan papeles por cambiar, de los cursos que he hecho con diversos sindicatos, pero lo principal ya está hecho. Me alegré de haberme reservado unos días después de cerrar, porque me hicieron dar más vueltas que un molino. En general no tuve problemas, excepto en el colegio donde había estudiado, donde tuve que enfrentarme a la incompetencia del equipo directivo, que mostraba cierta tendencia a la procrastinación: “bueno, ya si eso, vuelves mañana”. Como si la gente tuviese todo el tiempo del mundo para ir a verles a ellos. Aunque una señora de la delegación de educación les había llamado el día anterior para avisarles de que iba a ir, y explicarles qué tenían que hacer, les cogió de sorpresa (¡¿?!)  y me tuvieron allí dos horas, hasta que al final, ante mi decisión de no marcharme de allí hasta que tuviera el asunto arreglado, se decidieron a hacer algo (probablemente, lo hicieron mal. Veremos a ver qué pasa con mi título). En contraste, cuando llegué al instituto me dijeron que habían estado toda la mañana liados tratando de averiguar cómo hacer mi cambio de nombre, fueron muy amables y me trataron muy bien.

Cuando se me ocurrió pasarme por el sindicato ANPE a preguntar cómo podría hacer para cambiar los certificados de los cursos que hice allí, un señor me insultó, llamándome gilipollas repetidamente. Sin embargo, no creo que fuese una cuestión de transfobia, ya que el señor no sabía que yo soy trans (mucha gente cambia de nombre), sino simplemente, de que el gilipollas era él. Al final otra persona se disculpó en su nombre, y yo lo dejé correr porque me recordó a dos personas que conozco, y que alguna vez me han avergonzado a mí con su comportamiento hacia otros.

Seguí cerrando etapas. Me despedí de K. y de su familia. Me despedí de M. y de algunos otros amigos. Me envié por correo a mí mismo una caja llena de cosas que necesitaba tener en Reino Unido, incluyendo los apuntes de la UNED. Ahí sí que ya no había vuelta atrás: necesitaba todas y cada una de las cosas que iban en la caja. Hice llegar las llaves de la tienda y de la casa (aunque descubrí que cambiaron la cerradura del piso, no sé si para proteger sus preciosos bienes de mí, que soy una persona terrible, o para asegurarse de que si algún día me encontraba realmente necesitado, no tuviese donde acudir. Nunca sabré la respuesta a esto, ni tengo interés por llegar a saberla). Cogí el autobús hacia Málaga, facturé la maleta, pasé el control de la policía, y lo volví a pasar por segunda vez. Cada paso sentía que atravesaba un punto de no retorno, hasta que al final el avión despegó y ya sí que no había posibilidad de bajarme de allí.

En aquel momento, recordé cuando me fui de Ecuador. Unos asientos delante de mí, un niño lloraba. Yo sentía que se me partía el corazón. En el momento de irme de España, no sentía nada de eso. Estaba deseando llegar…

2 comentarios

Archivado bajo Reflexiones

El hogar

El hogar
Cada quince minutos el reloj canta la hora
para las paredes sordas de la casa vacía
donde el ácaro es el rey de la cama
y las tórtolas disfrutan del balcón

La puerta firme, cerradura hostil,
espera que ante ella
llore y me lamente.
Con la llave absurda en mi mano,
sabré que he sido expulsado.

Sin embargo, lo que sé

es que el paraíso está en tus brazos,
el hogar, está donde está tu corazón.
La felicidad es un beso tuyo,
el olor de tu cabello,
y mirar tus ojos al despertar.
¿Cómo podría llorar y lamentarme
mientras tú me quieras a tu lado?

3 comentarios

Archivado bajo Parientes y amigos

Una buena semana (y II)

El viernes, K. y yo fuimos a las I jornadas transfeministas organizadas por la Casa Invisible de Málaga. La Casa Invisible es un centro social okupado que ya tenía ganas de conocer, porque había coincidido con gente de allí en otros espacios feministas y transfeministas. Tenía buena impresión de ellxs, así que iba con bastante ilusión a conocerles, pero lo que me encontré supero con mucho a mis expectativas.

En primer lugar, toda la gente con la que estuve fueron super majxs y súper atentxs. Prisci fue a la estación de autobuses a recogernos, cosa que le agradecimos mucho, porque el viaje en autobús fue bastante molesto y cuando llegué a Málaga no tenía la cabeza muy en condiciones como para orientarme hasta la casa ¡Si casi no la encuentro ni a ella! Noe nos hizo un recorrido turístico por toda la casa, explicándonos lo que estaba haciendo, y seguramente disfrutando de la cara de alucine que poníamos K. y yo.

-          ¿Pero esto está okupado? – preguntaba yo, sin salir de mi asombro – Pero este edificio estará clasificado como histórico ¿No?

-          ¡Mira la escalera! ¡Y las puertas! ¡Y las rejas! ¡Y los suelos! ¡Y el techo! ¡Y el pasamanos! – iba señalando K. a cada paso que dábamos.

Resulta que la Casa Invisible es uno de esos edificios históricos que se encuentran en el centro de las grandes ciudades, que se encuentra vacío, o, como ellxs dicen “muerto”. A pesar de la gran belleza de la construcción interior, estaba previsto que se derrumbase por dentro, y se mantuviese únicamente la fachada…

Ahora la gente de la Invisible está haciendo un lento y esforzado trabajo de restauración, con los pocos medios que tienen. El resultado es increíble y maravilloso. Mientras, el ayuntamiento de Málaga, en lugar de fomentar la recuperación, y aprovechamiento para fines sociales de ese espacio histórico que estaba echado a perder, les pone trabas y problemas. Esto es la Marca España.

Además del centro social en si, han recuperado otra parte del edificio para usarlo como residencia. Allí nos tenían preparada una habitación con dos camas, una estupenda alfombra, y un buen montón de mantas, que no habría cambiado por ningún hotel de 5 estrellas. El resto del piso (tengo la sensación de que antiguamente debía ser un edificio residencial con pisos de súper lujo de cientos de metros cuadrados) era también para nosotros: los dos cuartos de baño (¡con agua caliente y todo!), la sala de reuniones, y varias habitaciones más… todo para nosotros.

El programa de actividades de las jornadas estaba repartido en varios días, y para esa noche estaba programada una mesa redonda en la que nos encontraríamos Pilar Sánchez, de Chrysallis, y yo. Pilar es la madre de Gabi, una niña trans que se encontraba matriculada en el colegio San Patricio (un colegio religioso, pero concertado, es decir, financiado con nuestros impuestos, y que debe obedecer la legislación andaluza en materia de educación y atención a la diversidad), que ha estado siendo acosada por profesores y padres de otros alumnos, todos ellos empeñados en negarle el reconocimiento de su identidad de género, con motivos tan absurdos y disparatados que si no hubiese sido un asunto tan grave, darían risa de lo imbécil que puede llegar a ser la gente. Decían, por ejemplo, que un “niño” que lleva 5 años yendo a clase como niño, debería continuar así ya hasta que termine de estudiar. Al parecer a la edad de 7-8 años las personas ya son demasiado viejas para cambiar… También las acusaban, a Pilar y a la niña, de ser las culpables de que el colegio tuviese que cerrar en caso de que les quitasen el concierto, como si ellas tuviesen la culpa de que los maestros prefieran perder el concierto antes que llamar a una alumna por su nombre, o dejar que juegue y se comporte como si fuera una niña.

El discurso de Pilar, que compartió fotos de su hija, fue muy tierno y emocionante. El final, agridulce. Han tenido que cambiar a la niña de colegio, pero en el nuevo centro la han acogido muy bien, y con cariño. A veces es mejor perder que ganar.

Yo hice una recapitulación de la andadura de Conjuntos Difusos – Autonomía Trans desde sus inicios y cómo eso nos ha ido llevando a desarrollar un cuerpo de interpretación sobre la ilegalidad en el trato discriminatorio que generalmente se da a las personas trans, especialmente por las administraciones públicas, que actualmente son instituciones mucho más problemátcas que las relaciones entre particulares (y las relaciones entre las personas trans y el resto de la sociedad, tampoco es que sean muy fáciles, que digamos, especialmente para las chicas tran “no pasables”).

Al terminar, nos llevaron a dar un pequeño paseo por el centro de Málaga y a cenar deliciosamente bien, con buena compañía. Aunque no nos quedó más remedio que volver pronto a la residencia de la Invisible, porque al día siguiente teníamos que ir a Sevilla.

Para ir a Sevilla, me autoinvité por todo el morro a compartir coche con otro de los ponentes de las jornadas que iba a viajar también desde Málaga. Reconozco que le eché un poco de demasiada caradura, ya que a penas le conocía, pero después de pagar la matrícula de la universidad, a 17 días de quedarme sin trabajo (y sin paro, porque aunque llevo dos años cotizando más de 250€ al mes, a los autónomos que nos quedamos en paro lo único que nos dan son los buenos días), y sin soporte familiar, lo de tener vergüenza empieza a parecerme un lujo. Creo que ya lo he dicho antes, pero eso de “más vale honra sin barcos, que barcos sin honra” sólo se sostiene cuando uno, además de barcos, tiene otras cosas, como una buena cantidad de efectivo, casa, tierras y demás.

 

Como era el segundo ponente de la mañana, salimos muy temprano, pero a mí me vino bien, porque también me interesaban los temas de las jornadas de Sevilla, y ya me había perdido el primer día.

Las jornadas se celebraron en el albergue juvenil de Sevilla, un sitio genial que no tiene nada que desmerecer tampoco a ningún hotel. El programa era bastante denso, pero todo muy interesante, así que aunque el cansancio se iba acumulando (como es normal), entrábamos a cada nueva mesa con ganas de más. La única pena es que podría haber ido bastante más gente, pero es algo que pasa con frecuencia cuando se organizan unas jornadas por primera vez. Estoy seguro de que para las del año que viene, habrá lleno total.

La organización de las jornadas (las organizaba ATA) también fue súper amable y cariñosa. Nos pudimos quedar en el albergue, con cena y desayuno incluidos para K. y para mí, cosa que es muy de agradecer, a pesar de que las jornadas terminaban ese día. Nos habría gustado aprovechar que teníamos algo de tiempo libre, pero al terminar el día estábamos tan cansado que no pudimos ir a visitar Sevilla, y nos tuvimos que conformar con echar un vistazo a la Torre del Oro y la catedral al día siguiente, desde fuera, y con algo de prisa.

También pude ver a varias amigas y un amigo de Sevilla, a los que tenía ganas de poner cara. Los encuentros fueron muy breves, por mi falta de tiempo, y por la falta de tiempo de ellas y él, pero al menos sirvió para corporalizar los encuentros virtuales a través de la red. La única pena es no haber podido alargar más lo encuentros.

Como guinda de una semana excepcional, el viaje desde Sevilla fue increíblemente bueno. Las casualidades se iban encadenando una tras otras para hacérnoslo más sencillo, agradable y barato.

Desde que decidí (o me ayudaron a decidir) hacer las maletas y marcharme de España, es como si todo se fuese alineando para allanarme el camino. Excepto por la cuestión de la matrícula de la universidad (que, por otra parte, no es un tema que vaya a dar por zanjado tan fácilmente) tengo la sensación de que el universo me está premiado por atreverme a ir, por fin, en la dirección correcta.

Después de tres semanas, y tras haber pasado por la fase de estar jodido por tener que irme medio a la fuerza, estoy empezando a sentir auténtica ilusión por el proyecto de emigración, que de repente se me presenta como un horizonte lleno de posibilidades. Sí, me imagino en un humilde trabajo, en el McDonalds, en un almacén, o fregando platos, que es lo que toca cuando eres inmigrante, pero también me imagino ganando un poco más de dinero para poder reinvertirlo en la.trans.tienda y resolver ciertos problemas de financiación, mejorando mi inglés hasta poder empezar a traducir el trabajo de Autonomía Trans relativo a las violaciones de los derechos humanos de las personas trans y darle difusión a nivel internacional, o teniendo algo más de tiempo libre para que mi libro avance más rápido y poder empezar a enviarlo a editoriales cuanto antes.

2 comentarios

Archivado bajo Activismo