…y abierto

El día 12 de abril hace un mes que llegué a Reino Unido.

El primer día, me quedé en casa, descansando y organizando las pocas cosas que traía. Además, debía averiguar cómo cumplir las tareas que me había planteado que debían ser las primeras al llegar a este país: conseguir un número de teléfono (eso me lo solucionó mi hermana), abrir una cuenta de banco (en Barclays está chupado, no te piden nada), solicitar el número de la seguridad social, para poder trabajar (en realidad no es imprescindible, puedes trabajar todo lo que quieras sin número de la seguridad social, sólo que no podrás cobrar. Sin embargo, muchas empresas exigen que tengas el número de la seguridad social antes de contratarte), conseguir cita para un médico, para continuar mi tratamiento hormonal, y, por supuesto, empezar a buscar trabajo. También debí haberme dado de alta en el consulado español, pero no lo hice (a ver si me pongo con ello).

Foto: Pablo Vergara. Compartida con licencia CC 2.0. – No uso comercial – Atribución.

Sin embargo, decidí que por una vez, y sin que sirva de precedente, no me iba a estresar. Por la mañana, salí a pasear a la perrita de mi hermana. Siguiendo su consejo, me acerqué al río (creo que no es un río, sino una ría) que separa Liverpool de Wallasey, el pueblo en el que vivo (tampoco es que sea un auténtico pueblo, sino, más bien, una ciudad dormitorio). En ese momento la marea estaba baja, y así pude bajar yo también. Este fue el paisaje que me encontré. Acaba de pasar de la incipiente primavera española, al final del invierno inglés. Sin embargo, el paisaje, era a la vez tan bello y melancólico que no lamenté el cambio de estación ni por un instante.

Lo primero que sentí al llegar aquí fue que de repente tenía todas las oportunidades del mundo, ahí, dispuestas delante de mí. España es un país en el que la libertad ha sido eliminada casi por completo, de forma rápida y sistemática, pero suficientemente gradual como para, al menos, darnos tiempo para ir acostumbrándonos a ello.

- Me han puesto una multa de 300€ – le dije a una amiga, que lleva dos años viviendo en Edimburgo.

- ¿Qué locura hiciste? ¿No te habrás comido un bocadillo en la calle? – respondió ella.

- No, eso ni se me ocurriría.

Este es el mejor resumen de la situación en España, donde cualquier comportamiento cotidiano, por no hablar de la libertad de expresión, ha quedado proscrito y sujeto a graves sanciones administrativas que pueden llegar a ser peores que una condena en la cárcel.

Cuando llegué a Liverpool, de repente sentí que la carga de prohibiciones y cautelas que la legislación española había establecido sobre mí (no como persona trans, sino como ciudadano) se levantaba. Aquí puedo comer tantos bocadillos como quiera en la calle (de hecho, lo hago habitualmente, y también como frutas), incluso hay gente que canta en la calle sin tener que pasar un examen, ni arriesgarse a que le pongan una multa que le va a dejar sin comer un mes (como a mí la multa de 300€).

Aquí, cualquiera puede trabajar tanto como quiera. La filosofía de este país parece ser “tú trabaja tanto como quieras, que si ganas dinero ya veremos cómo hacer para que pagues los impuestos”. En España, es justo al contrario “tú paga primero los impuestos, que luego ya veremos si puedes trabajar y ganar dinero, o no”. Los primero días, cada vez que hacía una nueva venta, pensaba “¿Todo el dinero es para mí? ¿De verdad?” Y sí, lo es.

Aquí, por las mañanas hay muy poca gente en las calles, y muy pocos coches en los barrios residenciales: la mayoría de la gente está trabajando, y los que no trabajan es, probablemente, porque tienen un turno de trabajo distinto.

Hay ofertas de trabajo. Dedico horas y horas a presentar mi currículum. Tengo oportunidades de conseguir trabajo, porque el trabajo existe. Además, el trabajo se hace en condiciones humanas. Los trabajadores se ven relajados y descansados, de buen humor. Todo el mundo es increiblemente simpático y servicial.

Se vive mejor. La gente tiene vida de persona.

Abrir una cuenta bancaria fue muy sencillo. Hay bancos que te ponen algunas pegas, pero en Barclays no. Se conforman con que les des un documento de identidad. Darme de alta en un centro médico, una vez que me llegó la primera carta del banco, que sirve como prueba de residencia, también fue sencillo. La tarjeta sanitaria europea no sirve absolutamente para nada. Aquí atienden a todo el mundo, o al menos, a todos los ciudadanos europeos, independientemente de si tienen un trabajo o no. La gente no se muere por falta de atención sanitaria.

Entenderme con los ingleses, es un poco más difícil, en parte porque el acento de aquí es muy cerrado. Después de un mes, me frustra notar que todavía hay mucha gente a la que a penas entiendo, y hablar por teléfono es casi imposible, pero al menos estoy haciendo progresos.

No he dejado de escribir. De hecho, estoy escribiendo más que nunca, sólo que estoy concentrando mi esfuerzo en dos áreas distintas: el blog de la.trans.tienda (aunque es un poco menos personal que este), y mi libro. He dejado un poco de lado el libro de ficción que estaba escribiendo (de lado, pero no olvidado), para empezar a trabajar en otro proyecto que me habían pedido varias personas: el “blook de la transtienda”. De todas formas, quiero seguir escribiendo aquí, y trataré de encontrar más tiempo para hacerlo.

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Cerrado…

El día 26 de febrero fue el último día que trabajé en la tienda. Fue el último día de la ferretería. Casualmente, aproximadamente por estas fechas, cumplía 30 años abierta.

La liquidación ha ido bastante bien, para lo que se está vendiendo en esta época, y más teniendo en cuenta que en febrero siempre he venido teniendo pérdidas. Los primeros días, cuando puse el cartel de “ofertas por liquidación”, mucha gente se interesó. La última semana, los que querían comprar ya habían comprado, y los artículos más interesantes ya se habían terminado. Los últimos dos días, tan sólo venían personas miserables, que parecía que en lugar de comprar artículos de ferretería pretendían comprar mi dignidad.

Todo tiene un precio, incluso las cosas que se venden en un negocio que va a cerrar. Normalmente, cuando se dice que todo tiene un precio, significa que es posible comprar cualquier cosa, o persona, si pagas suficiente. En este caso, es del revés: la gente pretendía que les regalara todo, sin pagar nada. Como buitres que se acercan a un animal moribundo (yo) y comienzan a arrancar la carne antes de que haya muerto. Así me sentía.

Posiblemente ese deseo de aprovecharse del otro hasta la extenuación es una de las muchas causas que han llevado, y seguirán llevando, a este país a la ruina. No es que la clase política sea corrupta: es que la mayoría de la gente no es corrupta porque nadie le ha ofrecido la posibilidad de corromperse. Si pudiesen, robarían tanto o más que los que ya nos están robando. La única diferencia es que no nacieron en el lugar adecuado, o les falta inteligencia y capacidad para llegar hasta ese lugar.

Por suerte, mucha otra gente no es así. Un par de señoras mayores casi se echan a llorar cuando les dije que me iba “Hijo, que tengas buena suerte. Si es para mejor…”, me desearon. Echaré de menos al señor gitano que me vendía la fruta muy barata, y encima, le pedía un kilo y me ponía más de dos. Aunque había sido cliente desde hacía muchos años, empezamos a hablar a raíz de un altercado que tuve con un pariente suyo. Aquel día, iban él y su pariente (o quizá su compadre, pero pienso que eran parientes porque se parecían mucho), y el otro me habló en femenino insistentemente. Terminé por enfadarme y se marchó sin comprar (¡Pero el negocio ya iba mal antes de que yo llegara!), aunque aquel señor se fue abochornado, tratando de calmar al otro. Unos días más tarde, el que me vendía la fruta volvió, y yo le traté bien, sin mencionar el incidente, y desde entonces, hablábamos de muchas cosas. Es un hombre muy agradable.

Muchas otras personas compraron cosas por ayudarme, aunque no les hacía falta. Hasta los padres de K., que vinieron de Almería por otro motivo, se llevaron el coche lleno de cosas que realmente no necesitan. Echaré de menos al viejecillo del sombrero, que siempre que pasaba me saludaba en portugués (había vivido en Brasil), y a la señora del pañuelo, y a la gente de la panadería de la esquina, y al chino, y al moro, que aunque me hacían la competencia eran muy majos.

Los últimos dos días yo ya no tenía paciencia para aguantar mucho a los otros, a los carroñeros. Alguno se llevó una sorpresa al descubrir que no puedes comprar a una persona por menos de dos euros, ni siquiera a una persona que se encuentra en situación complicada, y se marchó a su casa enfadado, dejándome a mí un poco más contento.

Gracias a ellos, no me dio casi pena tener que cerrar. Es verdad que mientras estaba dándome de baja en hacienda y en la seguridad tenía un pequeño pellizco en el corazón, pero el pensamiento más importante era que ya no iba a tener que aguantar a más gente miserable.

También pensaba que ese sería el último mes que tendría que pagar 261€ mensuales por trabajar. La cuota de la seguridad social en Reino Unido es mucho más baja, y no pagas nada hasta que no ganas más de 500€ mensuales (una cantidad que yo no he ganado desde hace años). Sólo me falta hacer una declaración trimestral de la renta, que se lleva el 20% de lo poco que me queda después de pagar la seguridad social, aunque luego me lo devuelvan el año que viene.

Pagar la cuota de la seguridad social era una de mis principales preocupaciones. Desde el día 1 hasta el día 25 me preguntaba cómo lo iba a hacer. Se convirtió en una especie de pensamiento reflejo, que regresaba una y otra vez, pero a partir del día 1 de marzo, cada vez que aparecía en mi mente me daba cuenta de que eso ya no sería ningún problema nunca más, y sentía un  gran alivio.

A partir de ahí, fui cerrando etapas. Cuando puse el cartel de “cerrado” en la tienda pensé “esto ya no tiene vuelta atrás”, pero algo me decía que sí. Si quería volver allí, no tenía más que levantarme de la cama al día siguiente, quitar el cartel, y explicar a mis clientes que me lo había pensado mejor. Cuando le dije a mi compañera de piso que me iba el día 11, y ella me preguntó “¿Seguro?”, sentí que se cerraba otra puerta. Si ella encontraba a alguien, yo ya no podría seguir quedándome allí. Pero algo me decía que si no lo encontraba, aún podía cambiar de opinión. Darme de baja de hacienda y la seguridad social era otro punto de no retorno, pero sabía que siempre podía volver a darme de alta al día siguiente, sin problema.

La semana siguiente estuve cambiando el nombre en los títulos académicos. Todavía me quedan papeles por cambiar, de los cursos que he hecho con diversos sindicatos, pero lo principal ya está hecho. Me alegré de haberme reservado unos días después de cerrar, porque me hicieron dar más vueltas que un molino. En general no tuve problemas, excepto en el colegio donde había estudiado, donde tuve que enfrentarme a la incompetencia del equipo directivo, que mostraba cierta tendencia a la procrastinación: “bueno, ya si eso, vuelves mañana”. Como si la gente tuviese todo el tiempo del mundo para ir a verles a ellos. Aunque una señora de la delegación de educación les había llamado el día anterior para avisarles de que iba a ir, y explicarles qué tenían que hacer, les cogió de sorpresa (¡¿?!)  y me tuvieron allí dos horas, hasta que al final, ante mi decisión de no marcharme de allí hasta que tuviera el asunto arreglado, se decidieron a hacer algo (probablemente, lo hicieron mal. Veremos a ver qué pasa con mi título). En contraste, cuando llegué al instituto me dijeron que habían estado toda la mañana liados tratando de averiguar cómo hacer mi cambio de nombre, fueron muy amables y me trataron muy bien.

Cuando se me ocurrió pasarme por el sindicato ANPE a preguntar cómo podría hacer para cambiar los certificados de los cursos que hice allí, un señor me insultó, llamándome gilipollas repetidamente. Sin embargo, no creo que fuese una cuestión de transfobia, ya que el señor no sabía que yo soy trans (mucha gente cambia de nombre), sino simplemente, de que el gilipollas era él. Al final otra persona se disculpó en su nombre, y yo lo dejé correr porque me recordó a dos personas que conozco, y que alguna vez me han avergonzado a mí con su comportamiento hacia otros.

Seguí cerrando etapas. Me despedí de K. y de su familia. Me despedí de M. y de algunos otros amigos. Me envié por correo a mí mismo una caja llena de cosas que necesitaba tener en Reino Unido, incluyendo los apuntes de la UNED. Ahí sí que ya no había vuelta atrás: necesitaba todas y cada una de las cosas que iban en la caja. Hice llegar las llaves de la tienda y de la casa (aunque descubrí que cambiaron la cerradura del piso, no sé si para proteger sus preciosos bienes de mí, que soy una persona terrible, o para asegurarse de que si algún día me encontraba realmente necesitado, no tuviese donde acudir. Nunca sabré la respuesta a esto, ni tengo interés por llegar a saberla). Cogí el autobús hacia Málaga, facturé la maleta, pasé el control de la policía, y lo volví a pasar por segunda vez. Cada paso sentía que atravesaba un punto de no retorno, hasta que al final el avión despegó y ya sí que no había posibilidad de bajarme de allí.

En aquel momento, recordé cuando me fui de Ecuador. Unos asientos delante de mí, un niño lloraba. Yo sentía que se me partía el corazón. En el momento de irme de España, no sentía nada de eso. Estaba deseando llegar…

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El hogar

El hogar
Cada quince minutos el reloj canta la hora
para las paredes sordas de la casa vacía
donde el ácaro es el rey de la cama
y las tórtolas disfrutan del balcón

La puerta firme, cerradura hostil,
espera que ante ella
llore y me lamente.
Con la llave absurda en mi mano,
sabré que he sido expulsado.

Sin embargo, lo que sé

es que el paraíso está en tus brazos,
el hogar, está donde está tu corazón.
La felicidad es un beso tuyo,
el olor de tu cabello,
y mirar tus ojos al despertar.
¿Cómo podría llorar y lamentarme
mientras tú me quieras a tu lado?

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Una buena semana (y II)

El viernes, K. y yo fuimos a las I jornadas transfeministas organizadas por la Casa Invisible de Málaga. La Casa Invisible es un centro social okupado que ya tenía ganas de conocer, porque había coincidido con gente de allí en otros espacios feministas y transfeministas. Tenía buena impresión de ellxs, así que iba con bastante ilusión a conocerles, pero lo que me encontré supero con mucho a mis expectativas.

En primer lugar, toda la gente con la que estuve fueron super majxs y súper atentxs. Prisci fue a la estación de autobuses a recogernos, cosa que le agradecimos mucho, porque el viaje en autobús fue bastante molesto y cuando llegué a Málaga no tenía la cabeza muy en condiciones como para orientarme hasta la casa ¡Si casi no la encuentro ni a ella! Noe nos hizo un recorrido turístico por toda la casa, explicándonos lo que estaba haciendo, y seguramente disfrutando de la cara de alucine que poníamos K. y yo.

-          ¿Pero esto está okupado? – preguntaba yo, sin salir de mi asombro – Pero este edificio estará clasificado como histórico ¿No?

-          ¡Mira la escalera! ¡Y las puertas! ¡Y las rejas! ¡Y los suelos! ¡Y el techo! ¡Y el pasamanos! – iba señalando K. a cada paso que dábamos.

Resulta que la Casa Invisible es uno de esos edificios históricos que se encuentran en el centro de las grandes ciudades, que se encuentra vacío, o, como ellxs dicen “muerto”. A pesar de la gran belleza de la construcción interior, estaba previsto que se derrumbase por dentro, y se mantuviese únicamente la fachada…

Ahora la gente de la Invisible está haciendo un lento y esforzado trabajo de restauración, con los pocos medios que tienen. El resultado es increíble y maravilloso. Mientras, el ayuntamiento de Málaga, en lugar de fomentar la recuperación, y aprovechamiento para fines sociales de ese espacio histórico que estaba echado a perder, les pone trabas y problemas. Esto es la Marca España.

Además del centro social en si, han recuperado otra parte del edificio para usarlo como residencia. Allí nos tenían preparada una habitación con dos camas, una estupenda alfombra, y un buen montón de mantas, que no habría cambiado por ningún hotel de 5 estrellas. El resto del piso (tengo la sensación de que antiguamente debía ser un edificio residencial con pisos de súper lujo de cientos de metros cuadrados) era también para nosotros: los dos cuartos de baño (¡con agua caliente y todo!), la sala de reuniones, y varias habitaciones más… todo para nosotros.

El programa de actividades de las jornadas estaba repartido en varios días, y para esa noche estaba programada una mesa redonda en la que nos encontraríamos Pilar Sánchez, de Chrysallis, y yo. Pilar es la madre de Gabi, una niña trans que se encontraba matriculada en el colegio San Patricio (un colegio religioso, pero concertado, es decir, financiado con nuestros impuestos, y que debe obedecer la legislación andaluza en materia de educación y atención a la diversidad), que ha estado siendo acosada por profesores y padres de otros alumnos, todos ellos empeñados en negarle el reconocimiento de su identidad de género, con motivos tan absurdos y disparatados que si no hubiese sido un asunto tan grave, darían risa de lo imbécil que puede llegar a ser la gente. Decían, por ejemplo, que un “niño” que lleva 5 años yendo a clase como niño, debería continuar así ya hasta que termine de estudiar. Al parecer a la edad de 7-8 años las personas ya son demasiado viejas para cambiar… También las acusaban, a Pilar y a la niña, de ser las culpables de que el colegio tuviese que cerrar en caso de que les quitasen el concierto, como si ellas tuviesen la culpa de que los maestros prefieran perder el concierto antes que llamar a una alumna por su nombre, o dejar que juegue y se comporte como si fuera una niña.

El discurso de Pilar, que compartió fotos de su hija, fue muy tierno y emocionante. El final, agridulce. Han tenido que cambiar a la niña de colegio, pero en el nuevo centro la han acogido muy bien, y con cariño. A veces es mejor perder que ganar.

Yo hice una recapitulación de la andadura de Conjuntos Difusos – Autonomía Trans desde sus inicios y cómo eso nos ha ido llevando a desarrollar un cuerpo de interpretación sobre la ilegalidad en el trato discriminatorio que generalmente se da a las personas trans, especialmente por las administraciones públicas, que actualmente son instituciones mucho más problemátcas que las relaciones entre particulares (y las relaciones entre las personas trans y el resto de la sociedad, tampoco es que sean muy fáciles, que digamos, especialmente para las chicas tran “no pasables”).

Al terminar, nos llevaron a dar un pequeño paseo por el centro de Málaga y a cenar deliciosamente bien, con buena compañía. Aunque no nos quedó más remedio que volver pronto a la residencia de la Invisible, porque al día siguiente teníamos que ir a Sevilla.

Para ir a Sevilla, me autoinvité por todo el morro a compartir coche con otro de los ponentes de las jornadas que iba a viajar también desde Málaga. Reconozco que le eché un poco de demasiada caradura, ya que a penas le conocía, pero después de pagar la matrícula de la universidad, a 17 días de quedarme sin trabajo (y sin paro, porque aunque llevo dos años cotizando más de 250€ al mes, a los autónomos que nos quedamos en paro lo único que nos dan son los buenos días), y sin soporte familiar, lo de tener vergüenza empieza a parecerme un lujo. Creo que ya lo he dicho antes, pero eso de “más vale honra sin barcos, que barcos sin honra” sólo se sostiene cuando uno, además de barcos, tiene otras cosas, como una buena cantidad de efectivo, casa, tierras y demás.

 

Como era el segundo ponente de la mañana, salimos muy temprano, pero a mí me vino bien, porque también me interesaban los temas de las jornadas de Sevilla, y ya me había perdido el primer día.

Las jornadas se celebraron en el albergue juvenil de Sevilla, un sitio genial que no tiene nada que desmerecer tampoco a ningún hotel. El programa era bastante denso, pero todo muy interesante, así que aunque el cansancio se iba acumulando (como es normal), entrábamos a cada nueva mesa con ganas de más. La única pena es que podría haber ido bastante más gente, pero es algo que pasa con frecuencia cuando se organizan unas jornadas por primera vez. Estoy seguro de que para las del año que viene, habrá lleno total.

La organización de las jornadas (las organizaba ATA) también fue súper amable y cariñosa. Nos pudimos quedar en el albergue, con cena y desayuno incluidos para K. y para mí, cosa que es muy de agradecer, a pesar de que las jornadas terminaban ese día. Nos habría gustado aprovechar que teníamos algo de tiempo libre, pero al terminar el día estábamos tan cansado que no pudimos ir a visitar Sevilla, y nos tuvimos que conformar con echar un vistazo a la Torre del Oro y la catedral al día siguiente, desde fuera, y con algo de prisa.

También pude ver a varias amigas y un amigo de Sevilla, a los que tenía ganas de poner cara. Los encuentros fueron muy breves, por mi falta de tiempo, y por la falta de tiempo de ellas y él, pero al menos sirvió para corporalizar los encuentros virtuales a través de la red. La única pena es no haber podido alargar más lo encuentros.

Como guinda de una semana excepcional, el viaje desde Sevilla fue increíblemente bueno. Las casualidades se iban encadenando una tras otras para hacérnoslo más sencillo, agradable y barato.

Desde que decidí (o me ayudaron a decidir) hacer las maletas y marcharme de España, es como si todo se fuese alineando para allanarme el camino. Excepto por la cuestión de la matrícula de la universidad (que, por otra parte, no es un tema que vaya a dar por zanjado tan fácilmente) tengo la sensación de que el universo me está premiado por atreverme a ir, por fin, en la dirección correcta.

Después de tres semanas, y tras haber pasado por la fase de estar jodido por tener que irme medio a la fuerza, estoy empezando a sentir auténtica ilusión por el proyecto de emigración, que de repente se me presenta como un horizonte lleno de posibilidades. Sí, me imagino en un humilde trabajo, en el McDonalds, en un almacén, o fregando platos, que es lo que toca cuando eres inmigrante, pero también me imagino ganando un poco más de dinero para poder reinvertirlo en la.trans.tienda y resolver ciertos problemas de financiación, mejorando mi inglés hasta poder empezar a traducir el trabajo de Autonomía Trans relativo a las violaciones de los derechos humanos de las personas trans y darle difusión a nivel internacional, o teniendo algo más de tiempo libre para que mi libro avance más rápido y poder empezar a enviarlo a editoriales cuanto antes.

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Una buena semana (I)

En el momento de escribir esto, acabo de cumplir las tres semanas desde que mis padres me echaron de casa. En este tiempo sólo he hablado con mi madre una vez, por teléfono, y no fue una gran conversación.

La primera semana fue un poco dura, pero poco a poco me fui acostumbrando. He tenido mucha suerte con G. y L. (las chicas con las que estoy compartiendo piso, que ya comenté que son madre e hija). Son muy amables y agradables, y se esfuerzan por hacerme sentir en mi casa.

Mientras tanto, yo me esfuerzo por dejar de querer. He querido mucho a mis padres, pero ahora me estoy quitando. Después de todo, si ellos piensan que soy tan horrible, y les ha costado tanto esfuerzo ayudarme, y yo tampoco tengo una gran opinión de ellos ¿Qué sentido tiene mantener el lazo sentimental?

Hacerlo es más difícil que decirlo, pero estoy haciendo buenos avances en ese sentido.

En ello estaba, esforzándome en mantener el corazón frío y la mirada al frente, cuando por fin K. terminó sus exámenes (yo terminé los míos una semana antes). Tenía el último examen por la mañana temprano, y convenció a sus padres de que la recogiesen a la salida y la llevasen corriendo a la estación de autobuses. Todos (incluido yo) le decíamos que se lo tomase con calma, a ver si con las prisas iba a suspender el examen y no iba a servir de nada haber pasado tanto tiempo sin vernos. Suspender una asignatura sólo por ganar dos o tres horas es algo que no tiene mucho sentido.

Sin embargo, ella insistió, y consiguió llegar a coger el autocar que se proponía. Yo me pasé toda la mañana mirando el reloj y preguntándome por qué  los minutos pasaban tan despacio.

¿Te ha pasado alguna vez no darte cuenta de cuanto necesitabas algo hasta que por fin lo tienes? A mí me pasó eso cuando K. entró por la puerta. Fue como si hubiese estado todo el mes lloviendo y de repente hubiese salido el sol. No me daba cuenta de lo mal que estaba, hasta que llegó ella y dejé de estar mal.

- ¡Cuánto has adelgazado! – me decía mientras me abrazaba y sus manos palpaban los lugares donde después de navidad se habían acumulado unas buenas reservas de grasa, que naturalmente desparecieron después de estar cinco días prácticamente sin comer, y una semana más con la despensa puesta en modo de emergencia.

Ella traía la solución a mi adelgazamiento repentino (aunque en realidad, no me vendría mal adelgazar un poco más). Cuando llegamos a casa, empezó a sacar comida de sus bolsas. Una tortilla de patatas gigante, hecha con huevos de las gallinas de sus padres, y una docena más de huevos, por si me parecía poco, una gran fiambrera llena de deliciosas magdalenas, dos barras de pan, y suficientes croquetas de jamón como para invitar a todos los vecinos del edificio (un edificio de 6 plantas, con 4 pisos en cada planta). Todo ello preparado por su madre, y todo buenísimo.

Después de comer, G. y L. me ayudaron a trasladar una cama que no estaba siendo utilizada hasta mi habitación. Tuvimos que mover varios muebles, pero a ellas no les importó, aunque realmente fue una molestia para ambas.

Algo más tarde, cuando por fin estaba todo listo, y me encontraba tumbado junto a K. me di cuenta de que en ese preciso momento era muy feliz.

El resto de la semana fue a mejor, excepto por una cosa, y es que ya me ha llegado la carta de pagos de la universidad. Me han denegado la beca porque, al parecer, mis titulaciones son equivalentes al nivel de grado. Luego, a la hora de presentarme a una oposición, o de acceder a otras titulaciones académicas me dicen que no, que mis titulaciones (una diplomatura y el CAP) son inferiores al grado. He escrito al Ministerio de Educación y me han respondido que no hay ninguna normativa al respecto. Al parecer, a falta de normativa, la interpretación siempre se hará en contra de mis intereses. Qué suerte tengo.

Estuve planteándome si me merecía la pena pagar la matrícula o no ¿Seré capaz de continuar estudiando una vez que esté fuera? ¿Tendré suficiente fuerza de voluntad? ¿Podré arreglármelas para ir a los exámenes? ¿Merece la pena continuar estudiando, si no tengo claro que llegue algún día en el que pueda acceder a estudiar una carrera en Reino Unido, debido a los altos precios y las trabas que pueda haber para los inmigrantes? ¿Habré aprobado algún examen, con todo lo que se me ha venido encima?

Sin embargo, tras considerarlo detenidamente, decidí pagar la matrícula, principalmente porque el derecho me apasiona y no pienso dejar que la transfobia de mis padres me quite la posibilidad de estudiar. Dicho de otro modo, llegado el caso, prefiero dejar de comer que dejar de estudiar.

Así que como la liquidación va moderadamente bien, y me he propuesto esforzarme al máximo para conseguir un trabajo lo antes posible, sea de lo que sea, al final pagué la matrícula, que “tan sólo” son 367€. Comparados con las 4.500 libras que cuesta pagar medio curso en una universidad inglesa, es una minucia.

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Exiliado

El miércoles pasado, mis padres me echaron de casa por segunda vez. La primera fue hace años, y fue más bien una “sugerencia” (procura haberte ido de casa antes de que empieces a hormonarte, porque no queremos a un tío en casa). Yo estaba en proceso de salir del armario, y no tenía muchas cosas claras, pero sí que tenía claro que, con hormonas o sin hormonas, era un hombre, así que me fui. Era septiembre de 2009, y escribí de ello en este blog (podéis buscar la entrada correspondiente).

Con el paso del tiempo, las cosas parecieron ir a mejor. Mi madre, la misma que me pidió que me fuera, me pidió que volviera. Volví, y al cabo de un año ellos se marcharon de la casa, dejándomela a mí, al igual que la tienda. Mi madre empezó a hablarme en masculino. Mi padre, durante algún tiempo lo intentó (pero pronto desistió de ello). Pasé mucho miedo cuando les dije que estaba en lista de espera para operarme ¿Qué dirían? Pensé que me vería sólo en el hospital, y que tendría que arreglármelas sólo cuando me dieran el alta.

Pasé mucho miedo cuando cambié el DNI, así que no se lo dije hasta que pasaron varios meses. Tampoco les había dicho que estaba empezando una tienda online para travestis, ni que me había dado de alta en la Seguridad Social por ese motivo (aunque he trabajado en su tienda durante muchos años antes de que me la dejaran a mi cargo, nunca me dí de alta, porque “para qué pagar tanto”, así que mi pasado es una laguna en blanco en el mercado laboral). Un día, mi padre llegó a casa (esa en la que no viven, pero que visitan de vez en cuando), fue a usar la impresora, y se la encontró sin tinta. Amenazó con echarme de casa, y me hizo comprar 8 cartuchos, que ahí siguen sin usar, dos años después. Durante la bronca monumental le conté todo lo del DNI, lo de la seguridad social, la transtienda… y entonces estuvo considerando seriamente la idea de echarme de la tienda.

Me preguntaron por qué les había mentido en todo eso, y mientras seguía “chupándome lo suyo”, y yo les dije la verdad: que tenía miedo de cómo reaccionaran. Eso pasó en noviembre de 2012.

En esta ocasión, llegaron a casa el miércoles pasado, y en honor a la verdad debo decir que estaba desordenada. Platos sin fregar de dos o tres días, ropa sucia en el suelo del cuarto de baño, algunas cosas en el comedor y… una polla de goma sobre la mesilla de noche mi padre. Lo reconozco, en la escala de meteduras de pata, del 1 al 10, eso es un 12. Sin embargo, en mi opinión, eso no entra en la escala de motivos para echar a un hijo de casa.

Me echaron de casa con todas las letras. No fue un calentón: estuvieron pensándolo toda la mañana. No fue una sugerencia del tipo “creo que sería mejor que te fueras”, ni “nos gustaría que te fueras buscando un piso”. Fue una bronca con gritos, con mucha ira, con la prohibición de volver a hacerme cargo nunca más de los asuntos de mi padre mientras él esté en vida (dice que le va a dar un papel a mi hermana, para que conste, pero en mi opinión debería dármelo a mí, ya que hacer ese tipo de gestiones cuando la persona está incapacitada es obligación de los hijos, según el código civil, y debería ser yo el que pueda demostrar que no tengo ni la obligación, ni la autorización para hacerlo), con lágrimas por parte de ellos, por la cosa tan terrible que yo había hecho.

Yo en su situación ¿me habría enfadado? Probablemente sí, aunque probablemente al final habría terminado hasta haciéndome gracia. Sin embargo, creo que detrás de todo esto hay un arranque de transfobia que se está gestando desde que llevé una novia a casa. Porque en la mente de ellos, las personas transexuales seguimos siendo los pervertidos y pervertidas que se cambian de sexo para hartarse de follar en una orgía continua de drogas, corrupción, vicio y desenfreno. Claro, K. parece muy buena niña, muy inocente y tímida, pero si fuese una persona como Dios manda, no estaría conmigo. Algo malo debe de tener, así que uno puede esperarse cualquier cosa: que robe en casa, que lo deje todo destrozado, o que montemos una orgía transexual en la casa. No quiero saber qué imágenes de desenfreno sexual y pervertido están en la mente de mis padres, y diría que ellos tampoco quieren saberlo. Parece que es más fácil ignorar la propia transfobia que enfrentarse a ella.

Mi madre dice que no me echan por ser trans, sino por ser un guarro. Yo creo que me echan por ser trans, y por puta. Es extraño, pero de algún modo, ese pensamiento (el de que me han echado de casa por puta, aunque no lo sea) me hace sentir orgullo.

Mis amigos me están ayudando (tengo mucha suerte con ellos y ellas). En unas horas, uno ya me había encontrado un lugar donde quedarme, que me puedo permitir pagar. Ahora vivo en una habitación alquilada en el piso de una señora rusa que vive con su hija, y se encuentra con algunos problemas para pagar el alquiler. Además, la familia tiene a tres miembros más: una gata y dos hurones. Por suerte, es una gata simpática y no territorial, y ya nos estamos haciendo amigos. Los hurones están casi todo el día en su jaula, pero cuando los deja sueltos un rato, son unos animalitos simpáticos que todo el rato quieren jugar.

La habitación es mediana tirando a grande, aunque la cama es un poco estrecha, pero cómoda. La única pega es que es una habitación interior que da al lavadero, y, además, tiene un solo enchufe, pero de momento no necesito más de un enchufe, así que está bien.

Por otra parte, la señora rusa es muy simpática y hace lo que puede para que me sienta cómodo. Su hija, que es adolescente, no está muy feliz con la situación, aunque en realidad tampoco creo que estuviera muy feliz antes. Sin embargo, no resulta antipática, sino simplemente antisocial, así que tampoco es algo tan malo. Además, va a ser sólo por un mes.

He decidido emigrar. Cuando estaba buscando un piso donde quedarme, la parte de mi mente que sabe exactamente cuanto dinero tengo hasta el último céntimo, iba echando cuentas. Si con el dinero que gano a penas me da para vivir, cuando tuviese que pagar un alquiler, las cosas se iban a poner realmente difíciles ¿Y si en vez de buscar piso en Motril buscase trabajo en Reino Unido? A lo mejor me costaba el mismo trabajo… puestos a buscar… En ese momento, K. me dijo “¿y si buscas trabajo en el extranjero?”

En realidad, la idea de buscar trabajo en Reino Unido no es nueva para mí. Llevaba mucho tiempo rondándome. Por una temporada, prácticamente la había descartado, a pesar de que mis amigos que están allí me decían que soy tonto. De repente, era lo único que tenía sentido. En cuestión de segundos, todas las piezas del plan encajaron en mi mente con facilidad y se formó el plan.

El plan es conseguir un alojamiento temporal para un mes y medio (conseguido, a la señora que me realquila no le importa que esté poco tiempo), mantener la ferretería abierta durante el mes de febero y ponerla en liquidación. Convertir en dinero todo el material que pueda hasta que termine el mes, y entonces darme de baja de la Seguridad Social, y de Hacienda. Mientras tanto, cerrar cosas. Pedir tarjeta sanitaria, terminar de cambiar de nombre mis titulaciones académicas, ir a las diversas jornadas con las que ya me he comprometido, pedir tarjeta sanitaria, hacer un currículum, ir mirando ofertas de empleo, por si acaso puedo, irme con un contrato (sí, es algo muy difícil, pero oye, por probar…), asegurar la continuidad de la.trans.tienda cuando yo no esté aquí…

Ni por un momento me he planteado cerrar la.trans.tienda. Es mi proyecto, y está empezando a funcionar bien. A veces me da algunos quebraderos de cabeza, pero la mayor parte del tiempo se trata de un trabajo muy satisfactorio, que me está permitiendo conocer a mucha gente increíble (en serio, tengo los mejores clientes del mundo), y realmente me gustaría que llegase a alcanzar todo su potencial, ya que aún soy muy desconocido. Así que lo he hablado con una persona de confianza, y se ha ofrecido a gestionar el tema de recepción y envío de pedidos, mientras que el resto del trabajo continuaré haciéndolo yo.

Por otra parte, a medio plazo, me planteo abrir una segunda “transtienda” de habla inglesa, aunque en este caso la dirigiría únicamente para hombres trans, ya que la mujeres trans están bien atendidas en el Reino Unido. Sin embargo, hay algunos productos que en Europa sólo los vendo yo, y seguramente sería interesante tratar de comercializarlos en Reino Unido. Sin embargo, eso será para una segunda etapa, más adelante.

Este curso, lo terminaré en la UNED. Puedo seguir estudiando como lo he hecho hasta ahora, y elegir si prefiero examinarme en Londres o en Málaga (paradójicamente, ir a Málaga podría ser más rápido y más barato…). Para el curso que viene, tendría que decidir entre matricularme en una universidad de allí (un curso en una universidad inglesa cuesta 9.000 libras, pero en Escocia parece que es gratis), continuar en la UNED desde Reino Unido, e incluso pedir una beca Erasmus para poder estudiar en una universidad inglesa a precio de universidad española (beca + ingresos de la transtienda + trabajo a tiempo parcial = un año para poder estudiar con tranquilidad económica, o al menos, seis meses, ya que a partir del curso que viene las becas Erasmus van a ser sólo para un semestre, aunque dice Wert que los estudiantes que consigan mantenerse por si mismos en el extranjero, podrán continuar sus estudios el curso completo), aunque como a mí nunca me han dado nada, en realidad no espero que me la vayan a conceder.

En cualquier caso, se trata de un tema secundario, en cuanto que no es imprescindible para vivir. Lo principal es encontrar un trabajo (de lo que sea, me da igual hacer de friegaplatos o estar en un almacén) y el resto ya se irá viendo sobre la marcha.

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Se registra la ley trans de Andalucía.

Como viene siendo habitual desde que me matriculé para estudiar derecho en la UNED, después de la navidad viene la época en la que desaparezco para preparar los exámenes de febrero que, además, este año los han puesto más temprano que nunca, y ya no son exámenes “de febrero” sino que los hacemos más bien en enero. De hecho, la semana que viene tengo el primero. Además, otros años, en lugar de examinarme de todas las asignaturas (recordemos que en realidad no me matriculo del curso completo)  he decidido dejarme una asignatura para septiembre. Sin embargo, parece que me voy haciendo viejo y necesito descansar un poco más, así que este año he decidido esforzarme por tener algo más de tiempo libre y voy a intentar aprobarlas todas en febrero y junio… lo que significa que esta evaluación tendré que esforzarme en sacar una asignatura más que otros años.

Todo esto significa que no tengo mucho tiempo para publicar por aquí, aunque estoy haciendo lo posible para publicar una entrada semanal en el blog de la.trans.tienda (publico los martes). El contenido de ese blog es menos personal que lo que escribo por aquí, pero pienso que aún así puede resultar interesante, así que para quienes os gustaría tener noticias mías con más frecuencia, os invito a daros una vuelta por allí. En ocasiones, siento tentaciones de publicar por duplicado, y a veces, incluso “caigo en la tentación”, pero lo normal es que cada blog tenga sus propios contenidos. Por otra parte, para quienes os gusta recibir las entradas nuevas en vuestros e-mails, el blog de la transtienda no tiene servicio de envío automático, aunque aproximadamente una vez al mes yo envío un e-mail “recapitulador” de las novedades de la web, que suele incluir las novedades del blog. Si te interesa, puedes suscribirte desde este formulario.

Dicho esto, vamos a lo que vamos.

El jueves pasado se registró (por fin) la proposición de ley integral de no discriminación por razón de identidad de género y transexualidad para Andalucía, y eso se merece que deje de estudiar un ratito para contarlo.

No voy a hablar del proceso que nos ha llevado hasta aquí. No puedo. No es por miedo a lo que pueda pasar si toda la mierda que he visto sale a la luz (aunque seguro que sería algo así como poner la mierda delante de un ventilador), sino porque ha sido indescriptiblemente horroroso. El motivo por el que he bajado el ritmo de posteo es, en parte, que me siento incapaz de hablar de las cosas de las que realmente quisiera hablar, y en parte, que siento que es mejor que esas cosas se queden dentro de mí y no vayan más allá de donde han ido.

La cuestión es que después de este viaje terrible, que ojalá nunca tenga que repetir, por fin tenemos un texto registrado. El registro se realizó el jueves día 17 de enero, y aunque estuve invitado a ir, no tuve la oportunidad de hacerlo por falta de dinero, y también porque justo ese día tenía un exámen (y el día de antes, tuve dos exámenes). Aun así, este ha sido un momento emocionante para mí ¡Nos ha costado tanto trabajo llegar!

Este texto ha sido fruto del diálogo y la negociación entre los colectivos trans de Andalucía (incluyendo a la asociación de madres y padres de menores de edad trans, que hablan por sus criaturas), y los grupos políticos PSOE e IU. Pero, además, el debate ha saltado de la mesa de negociación a organizaciones GLTB de toda España. Hay muchos recelos. Muchas personas vaticinan que esta ley nunca llegará a llevarse a la práctica, porque es imposible que a las personas trans se nos trate de la misma manera que a las personas cis (esta opinión la escucho, sorprendentemente en la boca de personas que se adhieren a los movimientos trans “alternativos”, feministas y no binarios). Otras personas (generalmente relacionadas con la FELGTB) vaticinan que con esta ley se perderán todos los derechos ganados en el pasado. Como viene ocurriendo desde que empecé a realizar acciones políticas, sé que muchas personas están preparadas para abrir las botellas de champán cuando esto salga mal, y así poder demostrar al mundo que sólo ellas saben hacer las cosas, mientras se mantienen en silencio, no vaya a ser que salga bien y queden en evidencia. Si sale bien, ya harán lo posible para colgarse la medalla ellas.

Sin embargo, también hay muchos apoyos, muchas miradas, muchas esperanzas, puestas sobre esta ley. Todos los meses varias personas me escriben preguntando “¿Ya se ha aprobado la ley? ¿Puedo escapar ya de las garras de la UTIG?” Las personas trans de toda España estamos preparadas para ser libres, incluso a pesar del horror de los agoreros que abrazan con temor sus cadenas.

Mi valoración de la propuesta que al final ha entrado en el parlamento es positiva, pero con reparos. Pienso que puede ser una buena ley. Cuando me siento optimista, creo que en el futuro podré estar orgulloso de haber contribuido a ella, y que daré por bien empleado este año horrible.

Sin embargo, cuando me siento pesimista, tengo dudas. De hecho, tengo una sola duda, y está relacionada con la eficacia de la ley. Se prevé una documentación acreditativa de la identidad, y ya hay gente que está empezando a hablar de una “tarjeta”, como si las personas trans necesitásemos llevar una especie de DNI secundario que nos identifique. Tal tarjeta podría ser la excusa para hacer ineficaz esta ley ¿Cuánto tiempo puede pasar para que la Administración Andaluza estableciese como se generaría ese documento y qué efectos tendría? ¿Es posible que la Administración dote de una tarjeta identificativa con carácter general a los ciudadanos? ¿Quedaría condicionada toda la eficacia de la ley a la emisión de esa tarjeta, convirtiendo esta ley en papel mojado, como ha ocurrido con la Ley del País Vasco?

En realidad, nuestra intención al hablar de documentación acreditativa, nunca fue la de que se nos diese una tarjeta, ni nada similar. Lo único que necesitamos es un documento que llevar ante la administración, para que cada administración realice el reconocimiento de la identidad de género. Podría ser muy bien una resolución administrativa, expedida en un simple folio, que pusiera “Fulanx de Copas, con sexo x, y número de DNI xxxxx, manifiesta ante la Administración de la Comunidad Autónoma de Andalucía que esa es su identidad, quedando obligada dicha administración a la modificación de cuantos documentos relativos a esa persona sean necesarios para realizar el reconocimiento legal de dicha identidad, tal y como se establece en la Ley x/2014 integral de no discriminación por razón de identidad de género y transexualidad”. Con ese documento, una persona podría ir a su centro de salud y gestionar el cambio de nombre en la tarjeta sanitaria, matricularse en cualquier centro de estudios o universidad y obtener un carnet de estudiante con su nombre, hacerse el carnet de la biblioteca, etc.

Se trata de una cuestión muy sencilla, muy fácil de llevar a cabo, y que no debería representar ningún problema en su ejecución. Sin embargo, me doy cuenta de que en las mentes de la mayoría de las personas sigue fija, como grabada a fuego, la idea de que somos “hombres que quieren ser mujeres, y eso requiere un tratamiento especial y muy complicado ya que es una cosa extrañísima que es difícil de manejar”.

La realidad es que somos hombres que quieren ser hombres, y mujeres que quieren ser mujeres, y a los que se nos está denegando la posibilidad de obtener una documentación adecuada. No necesitamos una documentación especial, un carnet distinto ni que, como me comentaba una amiga hace poco, nos cosan una estrella de David en el abrigo. Únicamente necesitamos que nos den los mismos carnets que a los demás, con nuestro nombre escrito, igual que a los demás, y ya está. No debería ser difícil, y, sin embargo, temo que esta pueda ser la última batalla donde perdamos esta guerra tan penosa.

http://www.youtube.com/watch?v=Ss3Cb5dRwqg

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